materiaverbalis
26 de marzo de 2007
 
Ay Beingolea!!




Perú perdía 2-1 ante Ecuador y como siempre los vendedores de cebo de culebra más grandes en el Perú, los periodistas deportivos, esta vez encarnados en un insigne ex burbujito de bigote impresentable, vaticinó: el domingo Perú se juega toda su chance. Minutos después gol de Perú gracias al cachete del monse arquero mono. Oré (con gran sapiencia) coloca un hombre de contención, ante esta decisión el periodista, formula: No entiendo a Oré pero si con este empate nos están eliminando.

Plop!!

O sea que el empate era peor que perder??

O es que los periodistas deportivos, grandes culpables de las grandes debacles del fútbol peruano, inculcan una mistica de perdedores cuando tratan de justificar a sus lectores los grandes fiascos, las grandes estafas, y el buen Beingolea jamás creyó que le podíamos sacar un resultado a Argentina??? Pero por qué no, pensé yo.

Y antes fue el "imparcial" cagón de Barnechea (insoportable!!) que cuando jugaba Alianza se escuchaban sus gritos y sus murmullos dentro de la cabina (por favor!!!) y ahora el insoportable Pereda, qué atroz como narra los partidos, Dios!!! Según él y sus compañeros son graciosos. Uno tiene que ver nomás caballero, porque son los únicos que televisan, pero por favor como decian los Erasure, un poquito más de respeto!!!
 
14 de marzo de 2007
 

La venganza entre tulipanes

El entierro de una ex amante, el fin de siglo y una buena dosis de moralina son los ingredientes de esta interesante (a pesar especialmente del último ingrediente) novela de Ian McEwan, con todos los componentes propios de esa flema inglesa siempre regida por los modales y las buenas costumbres, incluso en la muerte, en los ritos fúnebres, en el odio, así como en el crimen. Al menos eso ocurre con los dos protagonistas de Amsterdam (1998), novela tan moral como La naranja mecánica de Anthony Burgess, quizá una de las obras más conservadoras a pesar de que trate de disfrazar su postura detrás de su violenta parafernalia (en el cine como en la literatura).

Amsterdam inicia con el encuentro de dos ex amantes (Clive Linley, músico, Vernon Halliday, periodista) en el funeral de la mujer a quien ambos amaron: Molly Lane. Los une el odio y la aversión contra el esposo de esta mujer, George, y otro de sus amantes Garmony, viceministro y futuro Primer Ministro inglés. Si quieren saber de qué trata la novela, os invito a visitar la página de Anagrama (http://www.anagrama-ed.es/titulo/PN_430). La trama no es aburrida, ni pesada, la prosa es limpia y lleva bien el tema de la introspección de ambos personajes principales, porque avanzadas unas cuantas páginas uno se da cuenta de que el problema no es Molly, como aparentemente al inicio se sospecha, sino la relación de amistad que el músico y el periodista tienen. La relación asimétrica que aparentemente ambos alimentan (la asimetría en el amor, por ejemplo, es algo de lo que siempre he querido escribir, así que en próximo post tendré algo listo). En lo personal me parece que lo que el autor propone es una evaluación fine de siclé de los medios de comunicación, la cultura y la vida social en general, para ello se sirve de la confusa relación de estos dos amigos: la reflexión e indeferencia de un músico, enfrascado en terminar una obra que englobe precisamente el devenir de un siglo lleno de desdichas, como lo es el siglo XX, algo así como un Habermas ficcional y melómano, un cierto tinte metatextual de lo que el autor intenta, pero al final esta obra es fallida, quizá como el autor considera su pequeña obra.

Al mismo tiempo se desarrolla una intriga moral sobre la publicación de unas fotos que la difunta Molly tomó al viceministro en prendas femeninas y que han llegado a parar a las manos del viudo. Éste se encarga de hacérselas llegar a Halliday, director del diario El Juez, quien se encuentra también en el dilema moral de publicarlas o rechazarlas. De ello depende su puesto. La simetría de las historias de ambos personajes principales es quizá el lado esquemático de Amsterdam, quizá ése sea un problema y no un logro, pues se evidencian las costuras en el lienzo de la obra. El dilema moral del solipsista Clive es su indiferencia al ataque de un hombre a una mujer en un lugar apartado entre las montañas. La razón: encuentra en la voz herida de la mujer la clave perfecta para el cierre de su sinfonía (esto me recuerda a esos típicos ejemplos, lugares comunes, de la cultura frente a la inmoralidad o la maldad. Un melómano en este caso, o en Apocalipsis Now cuando se bombardean las aldeas vietnamitas y el general encarnado en Robert Duvall pone una sinfonía de Bethoven o de Mozart, ya no recuerdo, para derramar napalm). Clive prefiere apartarse de la escena y terminar de escribir su obra. Los resultados: la mujer es golpeada casi hasta morir. Y a partir de allí ya todo es resolución en la novela, así que me permitiré no revelarlo.

La estructura de esta novela me trajo a la memoria ese libro primordial: Contrapunto de Aldous Huxley. Amsterdam es como un Contrapunto, más lacónico y dual, pues la novela del gran Huxley era mucho más rica. Digamos que McEwan se centra en dos notas y trata de jugar con esas dos notas, pintando también un fresco de lo que considera es nuestro siglo y para ello se sirve de la intriga política, periodística y la gran indiferencia del arte. Una idea: la novela se abre con un velorio y acaba con otro. Idea dos: en las intrigas todos los implicados salen mojados. Idea tres: el duelo decimonónico en la portada es una metáfora también del contrapunto de la novela, un contrapunto musical hecho de pistoletazos.

Amsterdam se lee a la velocidad de una bala.
 
 

La educación de la ceniza y el serrín

Henry James dijo de ella que era tan amarga “como mascar ceniza y serrín”, Woody Allen, en su film Manhattan, la incluye en primer término al enumerar los mayores goces que la vida le ha deparado, al igual que el ficticio Lezama Lima en la película Antes que anochezca la coloca en el puesto 4, si mal no recuerdo, de las obras esenciales que todo escritor en ciernes debe leer como parte de su aprendizaje. Un verdadero escritor, no uno de cartón piedra. Una lección que el escritor cubano Reynaldo Arenas, por ejemplo, sí aprendió. Eso es La educación sentimental de Flaubert, una novela publicada originalmente en 1869. La leí hace 6 años y creo que estaba en una época de opulencia que como Moreau, el protagonista de esta novela, me impidió ver en qué aciagos caminos me estaba metiendo. Quizá por ello mismo no entendí del todo la novela. No logré asir su sentido absoluto en las tragicómicas vidas de sus personajes. Lamentables predecesores de nuestra sociedad actual.

Acabo de releerla y tengo varios hallazgos personales. Primero que nada, La educación… es una novela de aprendizaje, el aprendizaje social en el peor de los sentidos, de Frederic Moreau, un burgués con ansias de escalar, mas con un trasfondo sentimental que explica la ficción y desde el cual se irradia su opaco lujo: un amor desmesurado, extraño, intenso, estéril, platónico y destructivo por Madame Arnoux que lo acompaña durante toda su vida y que ordena sus actos. También es un aprendizaje, una educación, del amor, de sus tretas y falsedades, sus cumbres y sus profundas ciénagas. G. Luckas afirmaba que La educación… era la más grande novela de la desilusión (aunque la mayoría de novelas lo sean también) y eso es algo que siempre acompaña el resultado de cada una de las acciones de Moreau, pero no solo de él sino de todos, sus amigos, sus allegados, sus amantes, y bueno toda Francia y el mundo parece girar en torno a esa frustración que acaba siendo la vida. Los capítulos finales son magistrales justamente por eso. Sin necesidad de decirlo tan gráficamente como James, Flaubert con acciones insulsas y tomaditas de té entre dos viejos amigos, Moreau y Deslausiers, evalúa a través de esa dialéctica sus vidas y en esos recuerdos infaustos y quizá inventados, enriquecidos, quizá alucinados, mascamos nosotros también nuestras propias desilusiones, aquellas viejas joyas que pacientemente atesoramos de jóvenes (más jóvenes): las cenizas y el serrín más amargo que la cicuta. ¿Alguien ha mascado cicuta? Esa cicuta que es el tiempo raudo de estos últimos veranos.

Madame Arnoux es la obsesión de Moreau, su ensoñación y la suma de todos sus deseos. El esposo de ésta ejerce sobre el joven una ambigua pedagogía, símbolo de la falsedad y la inutilidad como regentes de las vidas de estos decimonónicos amantes. En una trifulca política que se presenta como los muchos síntomas de malestar que anuncian la Revolución, dice alguien al ser preguntado sobre qué sucede: “No sé nada, ni tampoco ellos lo saben. ¡Es la moda del día! ¡Qué buena farsa!”. Y no solamente es farsa, es apariencia, es futilidad, aunque nada de eso sea expuesto mediante el discurso del narrador, sino en largas conversaciones políticas, largas discusiones artísticas, grandes cenas lujosas en las que las ambiciones de unos se mezclan con las necesidades de otros en medio de apetitos destruidos con una fugacidad y una lentitud que marca las mismas ansias del lector por encontrar una luz. La misma desilusión de Pellerín el pintor sin cuadros, Deslauriers, el frustrado abogado de las grandes causas, Dussardier, el revolucionario sin aura revolucionaria, Arnoux, el estafador endeudado y arruinado por las faldas, Madame Dambreuse, la viuda sin la herencia ansiada, Senecal, el ambivalente luchador, la gran Revolución rebajada en las miasmas de la cotidianidad, etc. Cada vida y cada acto más triste que el otro.

La luz que alumbra a Moreau: Madame Arnoux, siempre es esquiva y falsamente leal. Me parece que esa primera ilusión es, en un primer plano, la ilusión de la juventud, de la pureza y la lírica al servicio del mundo interior. Y luego ésta se va desluciendo por los embates de la realidad, algo de lo que llaman desilusión. Pensemos en esto que cavila Moreau: “¡Le disgustaba la vulgaridad de los rostros, la necedad de las conversaciones y la imbécil satisfacción que transpiraban las frentes sudorosas! Sin embargo la conciencia de valer más que aquellos hombres atenuaba la fatiga de contemplarlos”. Moreau es superior, su mundo interior y su riqueza interna lo hacen mejor y eso lo enorgullece. Cuando casi está por acabar la novela, ante el asedio de una de sus amantes que no es ni la sombra de la inalcanzable y pudorosa Madame Arnoux, se hace el siguiente diálogo:

-¡Dios mío! ¿Quién te ha cambiado así?
-¡Nadie sino tú misma!
-¡Y todo por la señora de Arnoux! –exclamó Rosanette llorando.
Él replicó fríamente:
-Jamás he amado a nadie, sino a ella.
Ante ese insulto, Rosanette dejó de llorar.
-Eso prueba tu buen gusto… Una mujer de edad madura, con la tez de color de regaliz, la cintura gruesa, los ojos grandes como tragaluces de sótano, y vacíos como ellos! ¡Puesto que te gusta, vete con ella!

Magistral, en esas pocas líneas de acción, Flaubert revela el cambio que ya con otros indicios hemos notado en Moreau. Aunque para llegar a ese cinismo y falsedad ha debido como se dice vulgarmente “comerse su mierda”, la suya y la de cada uno de los que han tomado ese pretexto para aprovecharse de él y tomar partido de esa pureza inicial. Fin de la juventud lírica, ahora el simple utilitarismo placentero sobre una amante lo enorgullece y además la errónea ilusión de Frederic al endiosar a la Madame queda al descubierto, pues Rosanette revela la realidad rebajada y desilusionada de su musa. ¿Pero, en verdad, cuál es ese cambio? Es que “la verborrea política y la buena comida adormecían su moralidad. Por mediocres que le parecieran aquellos personajes se enorgullecía de conocerlos y deseaba íntimamente la consideración burguesa”. Ahora Frederic ya no se siente superior, ahora quiere ser adulado por aquellos que antes despreció. Quiere ser como ellos. Es como ellos.

Hay una parte genial en la que Flaubert revela parte del modus operandi amoroso de su fantoche: “La acción, para ciertos hombres, es tanto más impracticable cuanto más fuerte es el deseo. La desconfianza en sí mismo los traba, el temor de desagradar los espanta; por otra parte los afectos profundos se parecen a las mujeres honradas: temen que las descubran y pasan por la vida con los ojos bajos”. Quizá lo que verdaderamente ocurre con las ilusiones de Moreau es lo que nos pasa a todos, la vida carece tanto de sentido que el que se nos revele con su insulsez y su drama, nos hace rehuirle y a veces envolverla en el mismo idealismo del amor que siente Frederic. Ante una revelación como: “ ¡Lo mismo esto que cualquier otra cosa! La vida no es tan divertida”. Ocurre que: “Federico se estremeció, presa de una tristeza glacial, como si hubiera entrevisto mundos enteros de miseria y desesperación…” La vida burguesa le llaman.

Madame Arnoux. Algo de ridícula tiene la declaración de amor que Moreau le hace, pero no deja de ser cierta y dentro de la lógica de la novela, en la que parece no pasar nada, a pesar de que pase absolutamente todo, es significativa. Aunque como siempre, Frederic se aleje y su amor carnal nunca se concrete y todo quede en el lirismo y el patetismo de sus palabras. La revolución misma es un espectáculo que pierde significación porque los revolucionarios se suceden, el poder se intercambia, los bandos se reparten y todo sigue igual. Un paseo por un castillo le revela a Frederic, el verdadero sentido de su vida: “las residencias regias poseen una melancolía particular… su lujo inmóvil que prueba con su envejecimiento la fugacidad de las dinastías, la eterna miseria de todo”.

El serrín y la ceniza tienen buen sabor a pesar de todo, y más si es con Gustave.

(Cierre publictario jajaja)
 
 
El laberinto perdido
Para expresar la realidad, a veces la imaginación y la fantasía son el perfecto lenguaje para hacerla vibrar mejor que cualquier fidedigno espejo. Mejor que cualquier delicado instrumento. Eso es lo que ocurre con El laberinto del fauno. Quizá la imaginación y su refinada estética hacen un símil más universal en el que la Guerra Civil Española pasa a ser un pretexto para plasmar el hondo sentir del hombre (o una niña), su drama y su perecedero destino. Si alguien desea escribir sobre el Perú de un modo fidedigno, pues quizá debería intentar una empresa como la que ha realizado Del Toro. Y sin ser soberbio, debo decir que desde hace mucho tiempo yo ya lo había pensado para expresar nuestra realidad, en una búsqueda de eso que A.Fuguet reclamaba: transitar caminos que otros no han transitado (¡qué evidente!). Mucho más preciso, yo diría que en el Perú hay buenos referentes para hacerlo, pero me parece que están en la poesía (¿quiénes?: mejor pónganse a leer). Sería algo como lo que hizo Donoso combinado con el mejor Mujica Lainez. El viaje (film de treinta minutos) es un comienzo de ese camino en mi propia vía. Me parece que El viaje llevado a la pantalla sería un espectacular referente en caso alguien tiente algo diferente para las pantallas de cine de salas y festivales internacionales con sabor rojo y blanco.

Saliéndome un poco del tema: leí hace unos días una crítica de un anónimo o varios sobre el libro de dos cuentistas: me llamó mucho la atención que se refirieran en términos, que como suele ocurrir en la literatura como en la política donde nada es casual, más parecían sacados de otro libro: el viaje como tema y la filiación con el cine. ¿Raro no? Y es algo que desde hace mucho tiempo he observado también en relación a algunas publicaciones que tenían un formato muy parecido al de mi novela, antes de que ésta saliera al mercado (mi novela fue escrita y corregida bajo la idea de los fragmentos durante más de 4 años). ¿Coincidencia? Es el precio de la originalidad en el a veces largo páramo de la mediocridad.

Regresando al film español: la fe en los libros es lo más conmovedor. El libro como clave para entender la circunstancia. Algunas cosas que rescatar: esa imagen de la niña asqueada después de pasar la primera prueba en el árbol hueco y el sapo, me pareció extraordinaria. Ese recorrido oscuro por el bosque con el libro contra su pecho y esa otra en el baño cuando le reclama que le revele lo que debe hacer. Maravilloso. A ese nivel, un verdadero artista debe tener fe en los libros. Y debe creer que la realidad misma, futura y eterna, se encuentra en ellos.

Este film, además, me hizo recordar claramente mi objeto de estudio de Licenciatura: la novela Ximena de dos caminos de Laura Riesco, y también los Bildungsroman en general: la fe en el libro que hace distorsionar eso que se llama mundo dentro de la lógica adulta y racional. Una “metatextualidad” que en la película obviamente está expresada de otra manera y que está relacionada con el fin de la infancia, la inadaptabilidad a la crueldad del mundo y que en El laberinto… está expresada con… bueno no puedo revelar el final del film.

La simbología en el mundo hispano ha sido eminentemente católica, si es que pensamos en términos místicos. El laberinto del fauno más bien está más cerca de lo anglosajón para darle la vuelta desde la riqueza de nuestro lenguaje. Algo de Alicia en el país de las maravillas, pero en una versión mucho más adulta y oscura. Incluso el vestido con el que Ofelia se pasea en la primera prueba es como en las ilustraciones del libro de Lewis Carrol, solo que en el caso de Ofelia es verde oscuro, casi negro. El episodio sociológico lo tiñe con su negrura.

La escena final es una explicación totalmente social de la película: la del bebé con padre fascista entregado a los comunistas: la nueva España, y la del séquito del laberinto con los colores de la bandera española.

La pureza es la verdadera prueba, eso que no se encuentra en la realidad. La transgresión de la pureza atrae el crimen.

Buena película, mejor guión.
 
Y MIENTRAS TANTO... EL PULSO SIN DESCANSO, EL PULSO SIN DESCANSO...

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Nombre: Franco
Ubicación: Lima, Lima, Peru

FRANCO. Del germ. Frank: libre, exento. Sencillo, sincero, ingenuo y leal en su trato. Liberal, dadivoso, bizarro y elegante. Desembarazado. Libre, exento y privilegiado. Patente, claro, sin lugar a dudas. CAVAGNARO: es un apellido italiano originario de Parma pero extendido en Liguria, donde existe un río con ese nombre. Existen datos desde el siglo XIV. Pasaron a América desde el siglo XVI y en mayor cantidad desde el siglo XIX a Estados Unidos, Argentina y Perú. Hay estudios sobre la rama peruana que inició un Angelo Cavagnaro, de San Andrea de Verzi, que llegó en 1852 con toda su familia.

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