materiaverbalis
14 de junio de 2006
 

Tan rápido lanzamos el blog y ya tenemos colaboradores residentes en tierras ignotas y peregrinas. Este es un artículo que colgamos a destiempo, pero que conserva su interés sobre la participación del Perú como invitado de honor en la última edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

GUADALAJARA: ENTRE LA
FIL(CCIÓN) Y LA VERDAD
Por Enrique Bernales

En noviembre tuve la oportunidad de pasar unos días en Guadalajara para presentar una antología de poesía peruana última en el marco de la Feria Internacional del Libro. Era la primera vez que visitaba esta bella ciudad mexicana, pero no era mi primera experiencia en suelo azteca, pues en el 2000 estuve en el D.F. para unos recitales de poesía como integrante del grupo Inmanencia, que fue invitado al Primer Junio de Poesía bajo el auspicio del Instituto de Cultura de la Ciudad de México.

Donde los peruanos vayamos creo que una de las cosas que más nos gusta son las odiosas comparaciones, así que quería empezar un poco con eso, el estado de Jalisco donde Guadalajara se encuentra es comparable a Arequipa por su deseo secesionista y su hondo sentido regionalista en continua pugna con la capital, pero el progreso económico y cultural de Guadalajara aplasta cualquier similitud. En Guadalajara encontramos como grandes atractivos turísticos y culturales su herencia prehispánica, su pasado colonial, los excepcionales e impresionantes murales de Orozco, el Festival Internacional de Cine, la FIL, el teatro Diana que celebró los 400 años del Quijote con diversos espectáculos y donde Vargas Llosa y Aitana Sánchez Gijón presentaron el montaje La verdad de las mentiras que incluye la lectura de los textos literarios favoritos del autor de “Conversación en la Catedral”, otros atractivos de la ciudad, por estos días, son la presencia del Cirque du Soleil y U2, y se está hablando de la posibilidad de abrir un museo Gugenheim, lo cual le daría mucho más atractivo a tan pintoresca ciudad. Habría que señalar que el gran motor detrás de esta consolidación de Guadalajara como centro difusor de cultura en Latinoamérica es la UAG (la Universidad Autónoma) que es la dueña de la FIL, y que a su vez cuenta con un centro cultural, teatros, parques temáticos y la casa Cortázar (el centro de estudios de literatura latinoamericana) con escritores de la talla de Gabriel García Márquez y a Carlos Fuentes dentro de su plana docente.

Por otro lado, para no ponernos demasiados cultos también mencionaremos que los parroquianos de los pintorescos bares como el Parián que queda a 45 minutos de Guadalajara, en Tlaquepaque (que en náhuatl quiere decir ‘pueblo de alfareros’), y según la gente del lugar, el bar más grande del mundo, todavía recuerdan con mucho cariño al granítico y otrora capitán de las selecciones peruanas, Héctor Chumpitaz, sí, el ídolo caído en desgracia por sus relaciones con el gobierno de Fujimori. Chumpitaz jugó algunas temporadas en el Atlas, clásico rival del Guadalajara, las chivas, el otro equipo popular del estado de Jalisco.

Ahora bien, la FIL de Guadalajara resultó ser una experiencia impactante, se le considera la segunda feria del libro más grande del mundo después de la de Frankfurt. Las más importantes editoriales del mundo hispanohablante se dan cita en este gran mercado de relaciones públicas y firmas de jugosos contratos y ganancias con infinidad de títulos, uno se puede perder entre los inmensos stands de los emporios editoriales, pero la fiesta del libro en Guadalajara no solo da cabida a estos grandes negociantes de la cultura, sino que también en ella se pueden encontrar pequeñas editoriales que al haberse fusionado para plantear estrategias comunes frente a retos más grandes, como lo es una feria de estas proporciones y así evitar ser eliminados como competencia en un mundo regido por la globalización y el libre mercado, nos muestran gran variedad e independencia crítica entre los títulos que ofrecen, así podemos hablar de editoriales como Aldus del poeta Ernesto Lumbreras o Ediciones Arlequín de Felipe Ponce.

Pero la FIL no solo es la fiesta del libro, sino que los diversos emporios editoriales organizan cenas, fiestas y brindis en los mejores hoteles de la ciudad o al menos en sus propios stands, donde se puede entrar en diálogo con reconocidas figuras de las letras hispanoamericanas. Además la FIL cuenta con una concha acústica donde se ofrecen conciertos de música popular o espectáculos teatrales y como en esta ocasión fue Perú el país invitado, pasaron por el escenario los grupos de rock, Líbido y la Sarita, y el grupo de teatro Yuyachkani. Pero eso no es todo porque, a su vez, Fernando de Szyszlo, representando a las artes plásticas de nuestro país, exhibió sus obras en una galería de la ciudad. Sinceramente hubiera preferido que la obra de Tilsa, mucho más original que la del pintor de Santa Beatriz, fuera exhibida además de la de otros artistas plásticos.

La presencia de Perú en la feria, permitió el lucimiento y las declaraciones controversiales de diferentes escritores, aunque los más noveles no tuvieron mayor cabida, porque la atracción central fueron los consagrados Vargas Llosa, Alfredo Bryce Echenique y el mediático Jaime Bayly. Pero tampoco se puede esperar que no sean así las cosas, porque una feria de libros es exactamente eso, una feria, donde se trata de vender mercancías, en este caso son libros, y en otros serán autos o lo último en tecnología, así que los autores más famosos cuentan, con justa razón, con la mayoría de la atención por parte del público y los medios de prensa, de esta manera se asegura el éxito empresarial del evento. En el caso de Vargas Llosa, fui testigo presencial del lleno abarrotado de los auditorios donde le tocó hablar. Podamos discrepar o no con Vargas Llosa pero lo que no se le puede negar es la integridad para defender sus ideas en cualquier auditorio que tenga en frente, a pesar que algunos digan que con el gobierno ultracatólico y conservador de Aznar nunca se metió. Si bien no me sorprendió la abierta franeleada de José Miguel Oviedo para desmerecer la presencia de los demás invitados a un panel sobre México y Perú, entre los que se contaba el prestigioso historiador mexicano Enrique Krause, y afirmar que todos estaban esperando por lo que pudiera decir Mario, lo que sí me sorprendió fue que Vargas Llosa defenestrara abiertamente contra el nacionalismo llamándolo uno de los más grandes males de la humanidad que evita la integración de los pueblos y la democratización de los mismos, ante un público, como el mexicano que como todos sabemos es el más nacionalista de Latinoamérica. En general, el nacionalismo mexicano se explica a partir de la vecindad con los Estados Unidos. México se define en esta relación ambigua de amor y odio con el gigante del norte. Pues bien, no se oyeron silbidos ni protestas de parte del auditorio, en este sentido podríamos comentar que quizás sea así porque la figura de Vargas Llosa es tan importante internacionalmente que está por encima del bien y del mal, y que si se hubiera tratado de un escritor menos conocido habría recibido el repudio generalizado. Son muy conocidos en México sus comentarios agresivos al PRI cuando éste era el amo y señor de la política mexicana y, en cierto modo, los mexicanos le reconocen a Vargas Llosa gran mérito en la lucha para poner fin a la dictadura perfecta del PRI.

Otro día, en cambio, cuando comparó la figura de Andrés Manuel López Obrador (gobernador del D.F. y candidato del PRD) con la de los polémicos, Castro y Hugo Chávez, sí recibió dardos furibundos por parte de la reconocida novelista y periodista Elena Poniatowska. Ahora bien, la presentación de la entrañable figura de las letras mexicanas me pareció la más sincera y simpática de todas, sobre todo cuando afirmó que su relación con José Emilio Pacheco y Carlos Monsivais no se basó en puros intereses intelectuales sino que ambos fueron sus ‘fogosos amantes’, lo cual causó gran risa entre los espectadores porque ambos estaban sentados a su lado para comentar la publicación de sus obras reunidas.

Podríamos resumir la presencia de Vargas Llosa en Guadalajara como una reiteración de su posicion estética y política. Sobre la primera, con sus propias palabras: “El tema realidad y ficción se puede abordar desde muchos ángulos y perspectivas, pero básicamente se puede resumir en que la realidad es la verdad y la ficción es la mentira.” Y sobre la segunda, la defensa del liberalismo representado en las democracias capitalistas europeas, que más de un desubicado, califica de socialistas, o de izquierda, causándome gran risa, ¿qué pueden tener de izquierda Tony Blair o Zapatero?. Bueno, si los demócratas de USA son considerados de izquierda, entonces cualquier cosa se puede pensar en materia de política fuera de Latinoamérica. En este sentido, también, la prensa norteamericana cae en un grave error en llamar gobiernos de izquierda al régimen de Castro en Cuba, Hugo Chávez en Venezuela, Ricardo Lagos en Chile, Lula en Brasil, Kichner en Argentina y ahora Evo Morales en Bolivia, cuando cada uno presenta sus particulares reivindicaciones y donde la denominación de gobiernos de izquierda simplifica un panorama mucho más rico y complejo.

En fin, durante los días que duró la FIL hubieron mesas, paneles, presentaciones de libros para todos los gustos, buena parte de las cuales estuvieron dedicadas al Perú como país invitado que era, entre las que podemos mencionar el Quijote en quechua (pura iniciativa populista porque el quechua finalmente es una lengua ágrafa y los campesinos que no saben leer aunque conocen el idioma no van a tener acceso al texto, una iniciativa más original y coherente hubiera sido la de narrar el Quijote en quechua pero como libro hablado en cassettes), las antologías de poesía peruana del Fondo de Cultura, de la Universidad Autónoma de Guadalajara, de la Universidad Autónoma de México.

Así, para concluir, puedo afirmar que me fui tan lejos para encontrar lo cercano, lo que estaba siempre conmigo, en mi corazón, pues entre este mar de opciones resalto excluyentemente la presentación del Padre Gutiérrez en un panel sobre la obra y el legado de José María Arguedas, entre los cuales se contaba al pintor Fernando de Szyszlo, al novelista Edgardo Rivera Martínez y a la reconocida crítica Raquel Chang Rodríguez, así el laureado pensador de la Teología de la Liberación, nos dejó con unas cuantas palabras que hasta hoy día, 30 de diciembre del 2006, me siguen causando una profunda emoción como la contemplación en silencio de las piedras milenarias que erigieron nuestros ancestros y la frustración e ira por la persistente injusticia con que se discrimina y se manipula a los herederos de nuestro rico pasado, los injustos despojados de siempre: “Por esas razones, me parece que el mejor lugar para escuchar la voz de Arguedas no es el silencio, sino la bulla, es en el bullicio nacional, son los gritos dispares de la gente, uno de los personajes de su última novela que él llamaba abreviadamente, los Zorros, es Moncada que predicaba en el mercado, donde no se oye nada, sino precios, ventas, rebajas, yo creo que la voz de Arguedas no se entiende sino en el coro de los gritos, quejas y expresiones de alegría de un pueblo porque él busco estar allí, el acompañamiento musical de Arguedas son estos gritos del pueblo, no solo como quejas sino como expresión de vida, su visión del Perú nos dice tanto aún, cerca de un aniversario más, en estos días es que se dispara un tiro en la sien y muere.” [El 28 de noviembre de 1969 Arguedas se pegó un tiro. Murió el 2 de diciembre: tenía 58 años]
Jamaica Plain, 30 de diciembre del 2005


* Enrique Bernales Albites (Lima, 1975)

Estudió Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Formó parte del grupo poético Inmanencia con quienes publicó Inmanencia (1998) e Inmanencia: Regreso a Ouroborea (1999). En el año 2000 fue invitado por el Instituto de Cultura de la Ciudad de Mexico para participar del festival Primer Junio de Poesía. Publicó su primer libro individual en el 2003: 21 poemas/ Cerridwen y en el 2005 ha publicado las antologías de poesía, Los relojes se han roto: poesía peruana de los noventas y La alineación de los planetas: siete poetas peruanos en Boston. Desde el 2002 se desempeña como director de la revista de cultura latinoamericana Intermezzo Tropical. Actualmente estudia un doctorado en Literatura Latinoamericana en Boston University.

 
5 de junio de 2006
 

Los atávicos odios en el Perú: Lobos de mar

No sé cuántos personas vieron Lobos de mar. En estos días se viene emitiendo con inusitado éxito La gran sangre. Las cifras parecen no mentir y esta nueva serie vuelve a poner a prueba al equipo de Miyashiro y Carmona. A diferencia de lo que viene ocurriendo a nivel rating con La gran sangre, cuando acabó de transmitirse Lobos de mar (la inmediatamente anterior serie de la dupla) estaba claro que su baja teleaudiencia le había jugado una muy mala pasada. Algunas cosas saltan a la vista y son puntos de contacto entre Lobos de mar y La gran sangre, sobre todo a nivel estético.

Supongo estadísticamente, Lobos de mar fue un fracaso. Yo la empecé a ver de casualidad y desde el primer capítulo casi no la solté. Los primeros capítulos estuvieron bien llevados, algunos memorables, hacia el final de la serie el voltaje empezó a decaer y el final fue malo, jalado de los pelos. Lo más interesante y que más llamó la atención fue la ficcionalización de las tensiones que agobian de manera endémica al Perú. Todos los ingredientes estaban presentes a manera de caricatura, es cierto, pero salvo ese exceso estos componentes fueron un acierto. Cuando se saben explotar las tensiones sociales en las ficciones nacionales, los resultados son siempre buenos, sino que lo diga el último ganador del Premio Alfaguara de Novela, Santiago Roncagliolo. Cuando se inició el barullo sobre su novela, las primeras imágenes que se me vinieron a la mente fueron precisamente las de Lobos de mar.

La trama era bastante simple, propicia para enganchar. Un asesino en serie, una caleta pesquera, un gremio bien organizado de pescadores con un líder, una luchadora social curtida por la bilis, una mami de prostíbulo, un loco y un adolescente con retardo mental en diálogo poético frente al bravío mar de Pucusana, un alcalde corrupto, policías comprables, investigador chicha y un consorcio representado por un inmoral empresario, pieza clave de esa modernidad a cocachos que pretende siempre imponerse en este país con sus argucias para parecer angelical e indisctublemente provechosa.

Lo que más resaltaba en la serie era el modo en que interactuaban los personajes y que a pesar, reitero, de estar muchos de ellos sometidos a la caricatura, alcanzaban una eficiente demostración de cómo se dinamizan las relaciones sociales en el Perú. Bueno, dinamizar no es el verbo, digamos mejor: se entorpecen y colisionan. Claro, se trata de una ficción, pero justamente lo mejor está en esa mimesis. La representación caricaturesca no era perfecta precisamente porque el televidente preferirá siempre el personaje trazado lo más rápidamente posible, y la caricatura o el guiño popular lo hace posible. En Lobos de mar lo que las relaciones interpersonales denotaban era una exacerbada violencia. Los registros eran muchos y los motivos por los cuales estos odios se desataban eran nimios. El ingrediente racial era primordial, racial/económico: de ahí que el principal conflicto se diseñó sobre la base de el gremio de pescadores frente a los representantes del consorcio. Buenos vs. malos. Salvo que entre buenos o malos habían algunas dosis de intolerancia y violencia.

Con la irrupción de los crímenes, el núcleo de la trama se trasladará a los asesinatos en serie que en ese microcosmos de Pucusana desatará los odios y los miedos reprimidos. Nada más peligroso para una sociedad que el temor y los rencores desbocados. El asesino es también una caricatura de otros asesinos producidos en Hollywood, por ejemplo el de Seven, interpretado por Kevin Spacey, uno que parece jugar y divertirse con sus captores y además propone una estética del crimen plagada de mensajes subliminales.

Justamente la serie no podía esconder este último defecto producto de ambos excesos: la abusiva caricaturización de los personajes y esa copia chicha del cine norteamericano. Supongo son cosas del guionista. Si Miyashiro dosificara un poco su admiración a algunos referentes de la cultura norteamericana (al igual que su ego) le haría bien a sus proyectos. El resultado es bueno a pesar de lo dicho. Me quedo con algunas imágenes, corolarios excelentes que aumentaron el suspenso sobre todo al inicio. El lenguaje visual también fue bueno e intuyo ya se había puesto en juego en Misterio, la serie anterior. La cámara siempre nerviosa y el hecho de cortar las escenas por segundos para dinamizarlas, le da su cariz personal. El hallazgo de la primera víctima en el puerto, envuelta cual pescado en periódico, era un excelente comienzo, sobrecogedor. Otro momento bien llevado fue el cierre de un capítulo en el que el personaje de Carlos Alcántara, un yuppie inmoral, propulsor del proyecto del consorcio, apunta con un arma a todos los pescadores en una sesión gremial.

Con La gran sangre una nueva apuesta se ha puesto en juego. Esperemos supere a las dos anteriores tentativas.

(Ver imágenes en www.lagransangre.com)
 
Y MIENTRAS TANTO... EL PULSO SIN DESCANSO, EL PULSO SIN DESCANSO...

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Nombre: Franco
Ubicación: Lima, Lima, Peru

FRANCO. Del germ. Frank: libre, exento. Sencillo, sincero, ingenuo y leal en su trato. Liberal, dadivoso, bizarro y elegante. Desembarazado. Libre, exento y privilegiado. Patente, claro, sin lugar a dudas. CAVAGNARO: es un apellido italiano originario de Parma pero extendido en Liguria, donde existe un río con ese nombre. Existen datos desde el siglo XIV. Pasaron a América desde el siglo XVI y en mayor cantidad desde el siglo XIX a Estados Unidos, Argentina y Perú. Hay estudios sobre la rama peruana que inició un Angelo Cavagnaro, de San Andrea de Verzi, que llegó en 1852 con toda su familia.

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