materiaverbalis
29 de agosto de 2006
 


Visita médica a Daniel F

Cuando uno piensa en Leuzemia, piensa en muchas cosas. Varias ideas saltan a la cabeza. Han pasado más de veinte años desde su aparición y su líder sigue teniendo el mismo arrastre en varias generaciones. Convertido en un referente de la escena rockera nacional, Daniel F nos recibe para una entrevista en la que los temas no se restrigen a lo musical, sino que abordan la política y la creación. Daniel es la misma figura flaca y de rasgos afilados de los afiches cerca de las esquinas y los paraderos, que parece asegurarnos con sus respuestas, como dice una de las canciones de Al final de la calle, que: ¡No necesito la ciudad!


¿Cuál es el cambio que percibes entre el Leuzemia de los ochentas y el de este último trabajo llamado “Hospicios”?
Es el mismo que puede pasar por cualquiera a través de 20 años. En 20 años tiene que haber por ahí un giro o algo.
¿Y cómo describirías aquel giro musical?
Yo he tenido una especie, no sé, de involución o retrotracción. Más o menos a finales de los noventas retomo contacto con la música progresiva.
Yo escuchaba música progresiva cuando era chiquito, yo era fanático, bien fanático, de la música progre cuando tenía 10 años, 11 años. Era de esos que recortaba fotitos, coleccionaba discos y todas esas cosas. Y, de pronto, se me pasó un poco todo eso porque los grupos progresivos comenzaron a hacer música bastante mala, música comercial, justo por ahí aparece el punk y comienzo a descubrir una nueva veta de música; pero, como dije antes, a finales de los noventa retomo todo eso de lo progre. Siempre quise hacer ese tipo de discos con canciones muy largas y estructuras más conceptuales, que tengan un inicio, un desarrollo y un final.
¿Crees que hubo cierta reticencia del público a aceptar ese cambio? Por ejemplo en los conciertos, de repente solo querían escuchar las canciones emblemáticas y no lo nuevo.
Primero, que eso es una cosa que nunca me ha importado y lo otro es el reto a hacer lo que a uno le gusta y no lo que la gente te esté pidiendo. En el 98 sacamos un disco que se llamó “Moxón”, un disco doble, un disco bastante difícil con pasajes instrumentales extensos, ya eso era un riesgo, sacar un tipo de material que sabes que a la gente no le va a gustar mucho.
¿Ves aquel disco como el punto de transición hacia otro tipo de música, a diferencia de un disco anterior como “A la mierda lo demás”?
Bueno, es la transición hacia el actual Leuzemia en todo caso. Poder desarrollar las canciones ya como música y no sólo como cancioncitas. Poder trabajar la música con toda la concha del mundo, si la canción duraba 15 o 17 minutos por qué tenemos que cortarla, las letras, todo comenzó a trabajarse de otro manera.
Hace un momento hablaste de la influencia del rock progresivo, también en otras entrevistas te has referido como influencia al sonido de Liverpool de los sesentas, el Mersey Sound, el blues de los cincuentas. ¿Cómo es que Leuzemia a pesar de tener todas estas raíces musicales tan heterogéneas es encasillada dentro del punk?, imagen que hasta ahora subsiste.
Ahora ya menos, pero hasta los noventas sí persistió esa etiqueta, esa cosa que tenía que ser un grupo de punk. La apertura que dimos a la prensa ayudó, porque en esos años no dábamos muchas entrevistas, pues antes trabajábamos en función a una movida, que era el rock subterráneo.
Cuando venía algún medio a pedir alguna entrevista les decía: mejor habla con Pedro Cornejo, habla con Óscar Malca que son los que sí saben, conmigo no. Entonces todos conversaban con ellos, que eran los intelectuales, los filósofos. Recién la apertura ya se da en los noventas a un nivel más amplio y ahí es donde comienzan a entender qué cosa somos, qué queremos, se comenzaron a sorprender de que yo fuese fanático de Rod Stewart, Bruce Springsteen o de Salvatore Adamo, o que me guste Joan Manuel Serrat o Fernando Ubiergo, cosas que son bastante alejadas del radical punk.

¿Por qué crees que se da esa apertura a la prensa y también, de pronto, el no querer editar materiales y ahora hacerlos de una manera más elaborada?¿Por qué ese cambio?
Yo creo que simplemente se ha dado la amplitud que se tenía que dar. Si yo escucho tanta música, si los miembros del grupo escuchan tanta música —que no son tipos cerrados, tampoco—, entonces este resultado va a ser una cosa bastante amplia. En nuestros discos se encuentran pues cosas acústicas, cosas que parecen boleros, cosas medio progresivas, rock n’roll, ¿por qué?... porque son el tipo de cosas que nos gustan y con las que nos sentimos bien.
Siguiendo con el tema de la apertura hacia los medios. ¿Ha habido también una mayor acogida del rock nacional en éstos o piensas que sigue siendo igual de difícil el camino para las bandas?
No, es difícil, siempre va a ser difícil. Lo del rock local es una cosa bastante negada por la industria, por los medios. Lo que prima es la imagen, si uno va a un auspiciador: la Backus o cualquier auspiciador grande, y le preguntas a quién quieres auspiciar: ¿a Zen o a Leuzemia, a Zen que lleva 50 personas al bar La Noche o a Leuzemia que te llena el parque con unas 5,000 personas, a Zen que te vende 100 discos o a Leuzemia que te vende 5000, a quién quieres auspiciar?... A Zen, de frente van a decir. ¿Por qué? Porque Zen tiene la imagen, lo que los medios quieren es imagen, entonces, qué imagen les pueden dar unos pastrulos que están en escándalos, drogadictos, homosexuales, puta cualquier cosa. Esos tipos pues no van a estar con el producto, tienen que ser los otros patas, los que le van a dar la imagen.
En Internet hay una carta abierta, firmada por la poeta Rocío Silva Santiesteban, sobre ti, en la que se refiere a que dentro de todos las discusiones que surgieron entre diversos poetas, Daniel F. salía a avasallar con su música y letras dentro de aquel panorama. ¿Hasta que punto tú estás consciente de la estética de tus letras y la influencia que podrías tener en ciertos círculos?
En pocas palabras, yo no me la creo hasta ahora. Soy consciente de que hay un arraigo en cierto sector de la juventud o de la gente que escucha música o que lee poesía, pero no me la creo. Cuando me invitan a reuniones de poetas, puta yo no sé por qué me invitan, yo no soy poeta, yo hago canciones nomás, pero esa es la percepción que tienen ellos, sí es así puta qué bacán y si es verdad ¡qué paja pues conchesumadre!, porque yo realmente no soy muy consciente sobre la estética de las letras, trato de hacer lo mejor posible, trato de hacerlo como me suena bien, pero no soy intelectual, no he leído poetas, no soy lector tampoco, escribo más intuitivamente que estéticamente.
Dentro de esa figura que se ha formado de Daniel F como ícono del rock subterráneo o ahora ya del rock nacional, ¿cómo manejas el ámbito de lo privado?¿A veces te molesta ser una figura pública?
A veces es jodido, pero como yo para metido acá nomás (dice señalando su departamento), cuando vivía en la Unidad paraba metido en la casa, de ahí cuando me fui a vivir a Lince estuve dos años metido, en ese tiempo hice “Hospicios”, nada más paraba metido ahí haciendo el disco... ¡Pucha qué tan malo seré componiendo, que me demoré dos años en hacerlo!, todos los días chambeando las letras, la música. Y ahora paro acá e, igual, paro encerrado nomás viendo televisión, chambeando en la computadora o haciendo música.
Sin embargo, cuando estás en el escenario se da una transformación. En los conciertos dejas atrás esa figura tranquila del hogar y se da un diálogo con el público.
Esa es la licencia que me da la gente. Cuando entro y me reciben con aplausos y todo... Bacán, ya me siento mejor. Antes de los conciertos, minutos antes, me pongo muy nervioso y con el tiempo esos nervios en vez de aplacarse han crecido, cada vez me pongo más nervioso antes de cualquier presentación, ya sea en la sala de una universidad o un teatro grande.
¿Crees que es porque la gente ahora espera más cuando va a ver a Leuzemia?
Claro es eso, hay una presión, un compromiso. Por ejemplo, en el sinfónico que hicimos el 19 de febrero en el Parque de la Exposición, hasta el día del concierto estaba tranquilo, el ensayo con la sinfónica bacán, pero no sé por qué estaba extrañamente tranquilo. De pronto, ya estábamos ahí y dijeron: “En cinco minutos suben”, y ahí qué bestia, ahí sí me dio un ataque como nunca, uno de esos que te ahogas, que te quieres desmayar, que te agarras de la pared para no caerte, porque se me vino algo bien opresivo, todos subieron y yo me quedé atrás, hasta que ya tenía que subir nomás, subí temblando, la gente me recibió con aplausos y ya pues, más o menos, pero igual fue bien jodido.
Es bien jodido lo del escenario. Para mí el mejor momento de un concierto es cuando se termina, es el final. Se terminó ya, entonces me regreso a mi casa.
Cambiando un poco de tema. Sobre el cantautor chileno Fernando Ubiergo, ¿cuál es la relación con esa figura?¿Cómo así es tan fuerte su influencia?
Sí es bien fuerte. Él es un héroe local, que es solamente héroe en Chile, así como Spinetta es solamente héroe en Argentina, no como Charly García que es una figura latinoamericana.
En los ochentas salió un disco de él en Lima, que se llamó “Canto por ti” y un pata se lo compró, un vecino que me dijo: “Oe este cantante es bacán, escúchalo que es bacán”. La primera canción del disco era: “Yo pienso en ti” y ¡conchesumadre, qué bacán!, la siguiente era “Canto por ti”, ¡pucha! todas las canciones eran de puta madre: la manera de entonarlas, la melodías, las letras, tan sencillas, pero tan terrenales y fuertes. Me pareció bacanazo, yo ya había escuchado a Serrat, Silvio Rodríguez, a otros cantautores, pero ya cuando escuché a Ubiergo... ¡Ah!, de este pata me tengo que prender y me agarré con uñas. Siempre he tratado de imitar su manera de cantar, el gorgojeo que hace con la garganta... No me sale, pero bueno he tratado, eso es lo que ha fomentado mi estilo, si es que tengo uno.
Ahora que hablas de Joan Manuel Serrat, Silvio Rodríguez, para ellos la música tal vez va más allá del arte y es más un compromiso social. ¿Tú crees que la música debe tener ese tipo de compromisos o ésta debe ser sólo estética?
No sé si la música, pero sí creo que cualquier persona debe tener un compromiso con esto que llamamos el planeta, la vida y si en tu música se refleja eso, mejor. Yo tengo la mala suerte de no poder hacer música que esté comprometida temáticamente con la realidad de acá, no me sale, tendría que ser un poeta de verdad como Víctor Jara o Atahualpa Yupanqui que pueda hacer ese tipo de poesía testimonial tan bacán que ahí sí te daría gusto cantar porque es muy fácil decir: “Dictador, dictador conche tu madre”, pero no me gustaría cantar una cosa así. Si fuera a cantar algo con bastante compromiso político, si es posible, tendría que ser algo poético.
Sin embargo hay canciones que uno podría vincular con ese tipo de compromisos como: “El asesino de la ilusión” u “Oirán Tu Voz, Oirán Nuestra Voz”.
He hecho pocas canciones políticas. Tengo más temas con un tufo social que es el del rock n’ roll. La diferencia entre éste y el hardcore o el punk, es que el rock n´roll es más social, se enfrenta a las cuestiones familiares, a lo que es el colegio, la iglesia, la vida cotidiana; el hardcore y el punk son más políticos, contra los poderes del Estado. La temática que manejo, es más en tono social y en tono romántico, romántico como un compromiso con la vida.
¿Quién es el asesino de la ilusión?
Yo la escribí cuando Fujimori dio el autogolpe, todavía había mucha gente que confiaba en el chinito, entonces como que mató la última ilusión que había. Ahora la cantamos más pensando en este nuevo presidente. Él sí ha matado la ilusión de muchísima gente... ¡conchesumadre!, todos los que marchamos por las calles intentando tumbar la dictadura y que seguramente hemos votado por este tipo, puta que nos cagó, nos recontra cagó.



(Entrevista: Franco Cavagnaro / Yurek Aguirre: realizada para el primer número de Materiaverbalis en el 2006)
 
16 de agosto de 2006
 


Amores como el nuestro: La campaña de Carlos Fuentes

En Barcelona, la Revista La Siega acaba de publicar una reseña mía sobre la novela "La campaña" de Carlos Fuentes en:

http://www.lasiega.org/index.php?title=Amores_como_el_nuestro._%22La_campa%C3%B1a%22_de_Carlos_Fuentes.

O también pueden entrar a:

http://www.lasiega.org/index.php?title=Categor%C3%ADa:Genero:El_Apuntador

En la letra A del índice, la primera entrada, corresponde a mi artículo. Ahora sí:

¡Provecho!
 
 


Faulkner ama New Orleáns

Siempre que se habla de los papás del Boom Latinoamericano, uno de los infaltables es el norteamericano William Faulkner, miembro de la llamada Generación Perdida. Quizá el más mencionado, pero también poco conocido. Recuerdo alguna vez haber hojeado algo que como ocurre con las anécdotas y los dichos de gente famosa, nunca sabré si fue cierto o falso: en un cocktail de intelectuales y gentes del espectáculo, Faulkner aburrido hasta el hartazgo de las conversaciones hueras, pidió permiso y entró a una de las habitaciones de la casa. Trepó a una de las ventanas y muy cómodamente se retiró a su casa. No soportaba las aglomeraciones y la futilidad de las fiestas.

Cierto o no, nadie puede negar que este ganador del Premio Nobel y guionista de Hollywood, es uno de los pesos pesados de la literatura universal. Para muestra un botón. Allí están El sonido y la furia, novela que tiene a un niño con retardo mental, Benji, como el narrador de la infausta tragedia de su familia. O en lo personal: Luz de agosto (1932), su mejor novela, una verdadera joya.

Luz de agosto gira en torno a Christmas, reconstruye su conflicto esencial: su origen y su raza. Recrea la gran pregunta que se hacen los verdaderos hombres en momentos extremos: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿adónde voy? Alguien podría decir pensando en este libro que muy bien se pudo haber escrito en el Perú, pues la piedra angular de esta novela tiene que ver con una palabra y un proceso que es la esencia de nuestra historia, pero que para nuestros vecinos del norte es (¿o fue?) un trauma: el mestizaje. Los conflictos raciales que allí se manifiestan son comparables a los de nuestra realidad. Además de mostrarnos un odio moral, ideológico y racial no solamente contra el negro sino también contra el mestizo y contra todo aquel que defendiese los derechos de esta larga franja excluida en el sur, nos presenta la palpable escisión en el nacimiento de los EEUU, resultado de la temprana Guerra Civil. Los principales personajes de Luz de agosto son todos erráticos vagabundos, desplazados, atormentados por el pasado y signados por la derrota. El principal conflicto, el racial, está expuesto en un solo individuo: Christmas.

La trama: el enigmático Christmas, contrabandista de whisky y a pesar de su piel blanca, un negro, según todos los que lo ven, es el principal sospechoso de haber cometido un horrible crimen. La víctima es una hija de yanquis, Miss Burden, asentada su marginada casona fuera de la ciudad. Una solterona que ayudaba a los negros y a quien casi le han cercenado la cabeza. A partir de este hecho, Luz de agosto centrará su trama en la vida de Christmas. Vemos su aparición en el orfanato, donde es presa del encono racial de una de las auxiliares y el hombre de la limpieza, la burla de los niños que en su inocencia han descubierto que el niño a quien le dicen Christmas es negro. Su adopción por un fanático presbiteriano y su lenta condena y endurecimiento de carácter por la violencia religiosa que ejerce sobre él su padre adoptivo. Lo único que éste le demuestra es su bajeza y entonces Christmas, hecho ya un joven, se escapa de casa luego de moler a golpes a su padre y fugarse con una prostituta. Y en esa fuga de años de endurecimiento progresivo, lleno de rencor y odio a sí mismo y a esos negros que comparten parte de su sangre, llega finalmente al pueblo donde conocerá a Miss Burden, la anti esclavista que le da de comer mudamente y a la cual se entrega de una manera salvaje, sin amor y con violencia. Finalmente ocurre el crimen. La única pista la da su compañero, otro vagabundo bravucón y contrabandista: Brown, quien lo veía entrar en su casa y sospechaba que era amante de la antiesclavista yanqui.

En el fondo todo escritor no hace sino hablar de sí mismo, de aquello que ha vivido, de aquellos caracteres con los cuales convive para su pesar o su placer. Faulkner saca personajes de carne y hueso de su cabeza, memorables en su singularidad, como el prestidigitador saca conejos de su chistera. El buen William era un escritor que sabía explotar muy bien su entorno. Todo el sur norteamericano se encuentra registrado en sus novelas. El imaginario colectivo que el resto de los EEUU. y el mundo tiene de esa zona procede de sus extraordinarias novelas. Películas gringas de terror siempre nos refrescan esa imagen de decadencia moral y material sureña que embarga a los personajes y sus ciudades en sus ficciones. Algo de fijación sexual con lo sórdido es otro de los grandes elementos de su narrativa. Quién por esos años podría hablar del incesto entre hermanos, de la violación de una mujer usando una mazorca de maíz en un granero (sino que lo diga la Uriana de La fiesta del chivo o la Piura ficcional de Miguel Gutiérrez en El mundo sin Xotchil) o las salvajes invectivas que la señorita Burden le obligaba a replicar a Christmas durante el acto sexual. Todo tiene un por qué. El sur derrotado, atrasado, presbiteriano hasta la locura, pre fascista (a lo Bush), donde el Klux Klux Klan impera. Es la testarudez norteamericana en su grado más extremo, aquella que no soporta y desconoce al otro, ya sea negro, latino o musulmán. Cree que es la medida de las cosas y actúa ciegamente ante el supremo juez que siempre sonríe por sus sabias decisiones. Christmas es un hombre forjado por este fiero puño, magistralmente esbozado en su viejo padre adoptivo: McEachern, quien no duda en castigar a su hijo, por ejemplo dejarlo en la inconsciencia por no aprender su catequismo de memoria.

En palabras de quien al final del libro descubrimos es su abuelo, Christmas era una abominación de Dios. Siguiendo la lógica presbiteriana y de aquellos que fundaron la gran nación del norte, el mestizaje era una abominación. En EEUU. no hubo colonización, sino un simple exterminio. El mestizaje de Christmas es por ello una abominación imperdonable que lleva a la locura a su abuelo, locura criminal, pues prefiere la muerte de su hija y la de su nieto recién nacido a convivir con algo tan atroz, fruto del amor interracial. Es revelador lo que en un momento de su huída, perseguido por la ley, un negro le dice: “Tú eres peor que negro. No sabes lo que eres. Y más que eso: nunca lo sabrás. Vivirás, morirás y no lo sabrás nunca”. Y justamente Christmas es eso, un fantasma en huída constante, en huída de sí mismo, sin amor y sin afecto, incapaz de un gesto fraterno, frío y sin alma, sin identidad, sin saber qué es.

En resumen: una novela para no perdérsela.

NOTA: A la vista de todo lo que ocurrió en New Orleáns gracias a Katrina, cabe agregar que justamente la región por antonomasia que describe las ficciones de Faulkner es la de la ribera del Mississipi, la cual tiene como capital la hoy devastada New Orleáns. William la llamaba Yoknapphattawa. Hace unos días comprando libros me encontré con Las aventuras de Huckelberry Finn de Mark Twain. En un mapa de la zona, se señala a la desdichada New Orleáns como el escenario de las tropelías de Huckelberry. La trama de esta novela recrea la interacción entre el joven Huckelberry y un negro a través del inhóspito territorio antes mencionado. Precisamente, los detractores del gobierno de Bush se refieren al racismo como el verdadero motivo por el cual no se previó el desastre ni se actuó con eficiencia para rescatar a las víctimas. Así es, esta tragedia no ocurrió en algún país del tercer mundo sino en la más importante potencia mundial, acostumbrada a la planificación y la previsión. La pobreza y el racismo eran las taras de la región en los años treintas según se colige en Luz de agosto. La cosa parece no haber variado mucho, por algo que leyendo los libros de historia se puede corroborar: las sociedades como las personas son testarudas. Muchas veces no cambian.

Tómese este artículo como un modo de graficar el pasado ánimo de la zona.
 
7 de agosto de 2006
 


La desilusión de una ilusión

Olvidar tu nombre, dejar atrás tu vida, cambiar de identidad, abandonar tu casa, dejar tu familia e iniciar otra vida, son cosas que todo ser humano desearía realizar en algún momento, son circunstancias que en el fondo uno desea y constituyen el oscuro morbo de todos por igual. Algo que como la misma muerte nos iguala.

Éste es el núcleo que hace de las novelas de Paul Auster tan cercanas y tan apasionadas, novelas que uno siente latir dentro suyo y asimila muy bien haciendo suyas esas tragedias, pues en el fondo lo que hace Auster es exorcizar esos oscuros deseos.

Sin embargo en la que es a la fecha su antepenúltima novela el efecto no ha sido tan halagador. El señor neoyorquino de mirada marciana me ha producido una indigestión literaria, pues encuentro que su temática se ha hecho previsible y soy extrañamente consciente de que El libro de las ilusiones (2002) es una novela hecha de retazos de otras novelas suyas. Lo cual no estaría mal para quien recién descubre a Auster, pero quien ha leído La trilogía de Nueva York, La música del azar o El palacio de la luna, sabe que Auster ya ha escrito novelas que difícilmente se pueden sacar de la cabeza y que aquella no es más que un pálido reflejo hecho de retazos argumentales de sus pasadas glorias. El mismo desfile de máscaras que intentan ponerse sus personajes huyendo de sus tragedias se evidencian en la concatenación argumental de esta nueva ficción.

El profesor Zimmer recibe la carta de una mujer que dice ser esposa de Hector Mann, un actor y director de comedias mudas de la lejana década de los 30, desaparecido misteriosamente por esos años y de quien Zimmer acaba de publicar un estudio sobre sus películas. Este cree que se trata de una broma, pues se suponía que Mann estaba muerto. Al mismo tiempo nos enteramos del trágico motivo por el que Zimmer se ha obsesionado con su estudio sobre el cine de Mann, una especie de desesperado anonadamiento luego de la muerte de toda su familia en un accidente de avión: esposa y dos hijos. A partir de aquí la trama se desarrolla en un paralelismo entre las informaciones y especulaciones de época que Zimmer encuentra acerca de Mann y el recuerdo de la trágica redacción del libro sobre él, del actor de cine mudo que con sus inspiradas representaciones alcanza a arrancarle una sonrisa al destruido corazón de Zimmer. Su conocimiento (y el nuestro) sobre Mann solamente se restringe a su obra y así nos enteramos de él, pues (como en toda obra) en ésta se encuentran pistas de los devaneos interiores y las dificultades económicas por las cuales pasa Mann y que amenazan arrebatarlo de su pasión: el cine. Luego cuando parece encontrar en la escritura de guiones de cine para Hollywood la solución a todos sus problemas y el ansiado éxito, desaparece.

En El libro de las ilusiones ocurren cosas que en esencia son una repetición bastante previsible de lo que Auster ha intentado con éxito en otras novelas suyas. Tiene ese núcleo trágico en sus personajes protagónicos que es idéntico a la terrible pérdida familiar de Quinn en La ciudad de cristal (muerte de esposa e hijo) y el abandono patético del cual es víctima Jim Nashe (esposa e hija) en La música del azar, por poner dos ejemplos, porque el esquema no varía mucho en El Palacio de la luna o Fantasmas. Son personajes que son víctimas improvisadas de una pérdida que los deja K.O en medio de la nada de la vida. A partir de allí intentarán recomponerse mediante el absurdo o la realización de empresas desconcertantes con la igualmente imprevisible ayuda de un aliento económico que les resuelve el problema de romper con la realidad y vivir de rentas. Esto también ocurre con el profesor Zimmer. Como sucede con la herencia de un tío lejano en La música del azar, Zimmer se encuentra con el pago de los seguros de accidentes de sus hijos y esposa. En el dolor, éste se hace azarosamente millonario. El azar empieza a jugar un rol esencial en El libro…, una marca austeriana imprescindible para el molotov existencial de todas sus novelas.

El pretexto para aislarse del mundo es esa sonrisa que despierta dentro de él el mostacho chaplinesco del inefable Hector Mann. Zimmer decide alejarse para la redacción de su libro en una casa cerca de una montaña en Vermont, al mismo tiempo necesita superar el trauma de los aviones para ver las películas de Mann dispersas por EEUU. y Europa con la autodestructiva ingestión de pastillas para dormir. En el último viaje a Londres, trazando el Atlántico gracias al Xanax, Zimmer está al borde del suicidio cuasi inconsciente gracias a una sobredosis. Cuando finalmente termina el libro y se empieza a dedicar a la traducción de la autobiográfica Memorias de un muerto del Conde de Chateubriand (un personaje que también es un paralelo entre el profesor y el cineasta), Zimmer recibe una nueva misiva de Frieda Spelling, la esposa del actor desaparecido, que insiste en que Mann está vivo y desea conocerlo con urgencia.

Para convencerlo de la verdad y llevarlo hasta el actor desaparecido aparece Alma, quien ha vivido la mayor parte de su vida al lado de Hector Mann y su esposa. Le informa que está a punto de morir y que ella le revelará qué ocurrió con Mann, por qué desapareció. Además podrá ver unas 14 películas que éste ha filmado en su rancho secreto de Nuevo México y que antes de que eso suceda, Mann desea que él las vea. Luego serán destruidas por su esposa. El resto de la novela es la solución que en boca de Alma se da al misterio de la desaparición de Hector Mann y la resolución de la propia tragedia de Zimmer.

En El libro… tampoco varía el hecho indesligable de que en la literatura de Auster la elipsis juega un papel preponderante, quizá sea el punto más flojo de sus novelas, pues los inicios inesperados y cargados de significados empiezan a bajar en intensidad en sus desarrollos. Auster recurre a la enumeración de sucesos tan amplios como espectacularmente azarosos que disgregan el nudo de la intriga de esos misterios iniciales, los cuales provocaban nudos en la garganta cuando eran planteados en el génesis de sus novelas. Tampoco es casual que el escritor norteamericano apele a figuras paralelas, a personajes gemelos que en sus azarosos destinos deambulan a la par fuera del tiempo y del espacio común, y que luego en algún punto entrelacen sus tragedias. Auster es un excelente sabueso para combinar la temática policial y, por decirlo de alguna manera, la trata de los grandes temas literarios y existenciales. Algo de lo que decía De Lillo en la contratapa de una de sus ficciones: “una mezcla de Dammet y Becket”.

De alguna manera todos somos investigadores, o por lo menos pretendemos serlo, reveladores de misterios y en muchos de los casos son nuestros propios dilemas los que juegan el papel de misterios sin resolver. Al fin de cuentas la vida y el cine y la literatura no son más que meras ilusiones. Como se quiera El libro… no deja de ser una novela regular, que cojea mucho con el peso de sus precedentes hermanas. Lo que ocurre es que esperábamos una mejor resolución de la trama y al vernos desilusionados inevitablemente comparamos las ilusiones pasadas con la presente desilusión.
 
Y MIENTRAS TANTO... EL PULSO SIN DESCANSO, EL PULSO SIN DESCANSO...

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Nombre: Franco
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FRANCO. Del germ. Frank: libre, exento. Sencillo, sincero, ingenuo y leal en su trato. Liberal, dadivoso, bizarro y elegante. Desembarazado. Libre, exento y privilegiado. Patente, claro, sin lugar a dudas. CAVAGNARO: es un apellido italiano originario de Parma pero extendido en Liguria, donde existe un río con ese nombre. Existen datos desde el siglo XIV. Pasaron a América desde el siglo XVI y en mayor cantidad desde el siglo XIX a Estados Unidos, Argentina y Perú. Hay estudios sobre la rama peruana que inició un Angelo Cavagnaro, de San Andrea de Verzi, que llegó en 1852 con toda su familia.

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