El laberinto perdido
Para expresar la realidad, a veces la imaginación y la fantasía son el perfecto lenguaje para hacerla vibrar mejor que cualquier fidedigno espejo. Mejor que cualquier delicado instrumento. Eso es lo que ocurre con El laberinto del fauno. Quizá la imaginación y su refinada estética hacen un símil más universal en el que la Guerra Civil Española pasa a ser un pretexto para plasmar el hondo sentir del hombre (o una niña), su drama y su perecedero destino. Si alguien desea escribir sobre el Perú de un modo fidedigno, pues quizá debería intentar una empresa como la que ha realizado Del Toro. Y sin ser soberbio, debo decir que desde hace mucho tiempo yo ya lo había pensado para expresar nuestra realidad, en una búsqueda de eso que A.Fuguet reclamaba: transitar caminos que otros no han transitado (¡qué evidente!). Mucho más preciso, yo diría que en el Perú hay buenos referentes para hacerlo, pero me parece que están en la poesía (¿quiénes?: mejor pónganse a leer). Sería algo como lo que hizo Donoso combinado con el mejor Mujica Lainez. El viaje (film de treinta minutos) es un comienzo de ese camino en mi propia vía. Me parece que El viaje llevado a la pantalla sería un espectacular referente en caso alguien tiente algo diferente para las pantallas de cine de salas y festivales internacionales con sabor rojo y blanco.
Saliéndome un poco del tema: leí hace unos días una crítica de un anónimo o varios sobre el libro de dos cuentistas: me llamó mucho la atención que se refirieran en términos, que como suele ocurrir en la literatura como en la política donde nada es casual, más parecían sacados de otro libro: el viaje como tema y la filiación con el cine. ¿Raro no? Y es algo que desde hace mucho tiempo he observado también en relación a algunas publicaciones que tenían un formato muy parecido al de mi novela, antes de que ésta saliera al mercado (mi novela fue escrita y corregida bajo la idea de los fragmentos durante más de 4 años). ¿Coincidencia? Es el precio de la originalidad en el a veces largo páramo de la mediocridad.
Regresando al film español: la fe en los libros es lo más conmovedor. El libro como clave para entender la circunstancia. Algunas cosas que rescatar: esa imagen de la niña asqueada después de pasar la primera prueba en el árbol hueco y el sapo, me pareció extraordinaria. Ese recorrido oscuro por el bosque con el libro contra su pecho y esa otra en el baño cuando le reclama que le revele lo que debe hacer. Maravilloso. A ese nivel, un verdadero artista debe tener fe en los libros. Y debe creer que la realidad misma, futura y eterna, se encuentra en ellos.
Este film, además, me hizo recordar claramente mi objeto de estudio de Licenciatura: la novela Ximena de dos caminos de Laura Riesco, y también los Bildungsroman en general: la fe en el libro que hace distorsionar eso que se llama mundo dentro de la lógica adulta y racional. Una “metatextualidad” que en la película obviamente está expresada de otra manera y que está relacionada con el fin de la infancia, la inadaptabilidad a la crueldad del mundo y que en El laberinto… está expresada con… bueno no puedo revelar el final del film.
La simbología en el mundo hispano ha sido eminentemente católica, si es que pensamos en términos místicos. El laberinto del fauno más bien está más cerca de lo anglosajón para darle la vuelta desde la riqueza de nuestro lenguaje. Algo de Alicia en el país de las maravillas, pero en una versión mucho más adulta y oscura. Incluso el vestido con el que Ofelia se pasea en la primera prueba es como en las ilustraciones del libro de Lewis Carrol, solo que en el caso de Ofelia es verde oscuro, casi negro. El episodio sociológico lo tiñe con su negrura.
La escena final es una explicación totalmente social de la película: la del bebé con padre fascista entregado a los comunistas: la nueva España, y la del séquito del laberinto con los colores de la bandera española.
La pureza es la verdadera prueba, eso que no se encuentra en la realidad. La transgresión de la pureza atrae el crimen.
Buena película, mejor guión.