PLATAFORMA

Hay un momento muy bueno, cuando el protagonista de esta novela de
Houellebecq, recuerda a un hombre egipcio que odiaba a los musulmanes, como el mismo Houllebecq no se averguenza de exponer una y otra vez en sus otros libros y entrevistas... Esta especie de
Settembrini mucho más mordaz y ateo, adorador de la verdad, que el que creó
Mann para su sociedad decadente.
Tenía unos cincuenta años, siempre iba impecablemente vestido, era muy moreno y llevaba un bigotito. Al terminar sus estudios de bioquímica había emigrado a Inglaterra, donde había tenido mucho éxito en el campo de la ingeniería genética. Estaba de visita en su país natal, por el que decía guardar todo su afecto; por el contrario, no tenía palabras lo bastante duras para calificar al islam.
Estaba empeñado en convencerme de que los egipcios no eran árabes. «¡Cuando pienso que este país lo ha inventado todo!», exclamaba, señalando con un gesto el valle del Nilo. «La arquitectura, la astronomía, las matemáticas, la agricultura, la medicina... [Exageraba un poco, pero era oriental, y necesitaba convencerme rápidamente.] Desde la aparición del islam, nada más. La nada intelectual absoluta, el vacío total. Nos convertimos en un país de mendigos piojosos. Sí, mendigos llenos de piojos, eso es lo que somos. ¡Chusma, chusma!... [Alejó con un ademán rabioso a unos críos que nos pedían monedas]. Tiene que recordar, mi querido señor [hablaba a la perfección cinco idiomas: francés, inglés, alemán, español y ruso], que el islam nació en pleno desierto, entre escorpiones, camellos y toda clase de animales feroces. ¿Sabe cómo llamo yo a los musulmanes? Los miserables del Sahara. No se merecen otro nombre. ¿Cree usted que el islam podría haber nacido en una región tan fértil? [señaló otra vez el valle del Nilo, con verdadera emoción.] No, señor. El islam sólo podía nacer en un estúpido desierto, entre beduinos mugrientos que no tenían otra cosa que hacer, con perdón, que dar por culo a sus camellos. Cuanto más monoteísta es una religión, piénselo, querido señor, más inhumana y cruel resulta; y de todas las religiones, el islam es la que impone un monoteísmo más radical. Desde que surgió, ha desencadenado una serie ininterrumpida de guerras de invasión y de masacres; mientras exista, la concordia no podrá reinar en el mundo. Ni habrá nunca sitio en tierras musulmanas para la inteligencia y el talento; si han existido matemáticos, poetas y sabios árabes, es sólo porque habían perdido la fe. Al leer el Corán se queda uno impresionado por el lamentable aire de tautología que lo caracteriza: “No hay más Dios que el único Dios”, etc. Estará de acuerdo en que con eso no se puede ir muy lejos. El paso al monoteísmo no tiene nada de esfuerzo de abstracción, como algunos afirman: sólo es un paso hacia el embrutecimiento. Tenga en cuenta que el catolicismo, una religión sutil que yo respeto, que sabía lo que conviene a la naturaleza del hombre, se alejó rápidamente del monoteísmo que imponía su doctrina inicial. A través del dogma de la Trinidad, del culto a la virgen y los santos, el reconocimiento del papel de los poderes infernales, la admirable invención de los ángeles, reconstituyó poco a poco un auténtico politeísmo; y sólo con esta condición ha podido cubrir la tierra de innumerables esplendores artísticos. ¡Un dios único! ¡Qué absurdo! ¡Qué absurdo inhumano y mortífero!...
Un dios de piedra, mi querido señor, un dios sangriento y celoso que nunca debería haber cruzado las fronteras del Sinaí. Si lo piensa, ¡cuánto más profunda, humana y sabia eranuestra religión egipcia! ¡Y nuestras mujeres! ¡Qué bellas eran! Acuérdese de Cleopatra, que hechizó al gran César. Mire lo que queda ahora... [Señaló al azar a dos mujeres con velo quecaminaban penosamente con unos fardos de mercancías.] Bultos. Informes bultos de grasa debajo de unos trapos. En cuanto se casan, sólo piensan en comer. ¡Comen, comen, comen!...[hinchó las mejillas en un gesto expresivo, tipo Louis de Funes.] No, créame, mi querido señor, el desierto sólo produce desequilibrados y cretinos. ¿Puede usted citarme a alguien que se haya sentido atraído por el desierto en su cultura occidental, que yo tanto respeto y admiro? Sólo los pederastas, los aventureros y los crápulas. Como ese ridículo coronel Lawrence, un homosexual decadente, un patético presumido. Como su abyecto Henry de Monfreid, un traficante sin escrúpulos dispuesto a plegarse a todos los apaños. Nada grande onoble, nada generoso o sano; nada que pueda hacer progresar a la humanidad, ni elevarla por encima de sí misma.»