LA INFAUSTA HISTORIA
Después de los 6 goles de ayer encontré muchas cosas significativas en la gente. Ese modo tan peruano de sufrir frente a lo inevitable. Mientras me iba a buscar mi caña para irme a mi casa y Lima era solo esa masa húmeda bajo una espesura negra, pensé que todo esto es un signo inequívoco de lo que es este país y su historia infausta. Ese pequeño microuniverso que eran esos 11 patas y los que están fuera de ella. Una metáfora irónica y desgraciada de lo que realmente significa ser peruano. Contagiando con su verdad, esa historia futbolera ganadora inventada por la publicidad (esa misma mano que ha inventado tantas otras historias para engañarnos) y que ahora se revela a los ilusos que también lo sabían.
Seguía el partido de a pocos mientras redondeaba junto a una ejecutiva un publirreportaje alambicado, con una careta encima de mi rostro, una sonrisa que aceptaba cualquier sugerencia sobre las posibilidades del producto. Recién al final del 1er tiempo pude ver algo: expulsión de Paolín y gol de Forlán. De ahí me fui. Al salir me encontré otra vez bajo este clima húmedo y triste de invierno (ni pensar que antes me gustaba, ahora le temo).
En recepción escuchan el partido.
–¿Para qué escuchan eso? –pregunto falsamente irónico, para variar.
–¡Somos masoquistas! –me responden riéndose, mientras nos metían el tercero.
Salí riéndome. En casa le preguntó al portero de mi edificio con el radio encendido a un volumen prudente.
–¿Y? Cuántos goles nos han hecho.
–Cinco a cero –me responde asustado.
–Apaga esa cojudez –le dije como si yo fuera uno de los personajes de mi novela, solo que más delgado y más joven. –¿Para qué quieres escuchar esa huevada?
–Van cinco a cero –me replica como si le hubiera preguntado lo mismo.
–Pero apaga eso, no seas masoquista –le insisto al verlo guardar silencio como si lo que realmente estuviera esperando es que el equipo remontara el marcador. Como si de pronto Rinaldo Cruzado marcara e hilvanara jugadas de gol junto a un eficaz Rengifo o un espectacular Salas por una de las bandas. Que de pronto Butrón tuviera cinco manos y seis piernas. Y que en seis formidables contraataques Solano concretara seis goles frente a la portería uruguaya.
Me iba ahora un poco reflexivo hasta mi depa, sin entender muy bien por qué tanta gente puede seguir un partido así. Me conmovió esa fe atesorada y oscura. El portero de mi edificio fiel al látigo de la humillación de esos 6 goles como puñetazos. No, no se trata de masoquismo. Es una cosa grande y maravillosa que tenemos nosotros los peruanos. Más grande que todos los fracasos y las afrentas. Mientras salía del trabajo, media hora antes lo comprobé en la recepción. Cuando la gente se esconde tras la ironía para no dejar ver la verdadera careta de frustración. La misma que vi en la cara de Guerrero. Una impotencia increíble de no poder hacer nada, de no cambiar las cosas que ya están definidas de antemano porque está metido en cada partícula que compone la idiosincracia de este país, pero aunado a esto está la espera infinita del milagro, en algún lugar debe estar ese milagro, en algún remoto intersticio de nuestras más grandes esperanzas, y yo también junto el mío a ese portero de mi edificio, a los estúpidos estafados por Manrique, a todos aquellos que creen que el Perú avanza, a quienes creen de verdad que este país tiene salvación. Me quiero quedar con esta reflexión, aunque alguien más profundo que yo diga que renuncia a su camiseta blanquirroja y empieza a soñar con la final de la Eurocopa con la azzurra campeona, con harto webo, harta vergüenza en la cara, Italia llegará a la final por una de esas casualidades que adornan la vida, como se la adornó a mi bisabuelo, perdido en los arenales candentes de esta ciudad maldita.