El desierto de la incomunicaciónSaber de qué va una novela es un requisito imperativo, no sólo para una novela sino para cualquier ficción. Con
Nunca digas noche (1994) de
Amos Oz, me pasa algo extraño. No puedo definir exactamente de qué trata, aunque puedo describir un par de sensaciones e indicios, nada más. Este libro no es muy extenso es verdad y sigue una línea narrativa no muy compleja: una pareja, Teo y Noa, en
Israel, ambos captan su relación y el mundo desde su perspectiva, y la narración se centra en esa dualidad, algo así como lo que hacía
Faulkner en varios de sus libros, pero reducido a 2 personajes que se observan y reflexionan en torno a su vida juntos. En esta narración binaria hay un constante contrapunto en una ciudad que se gesta de a pocos. Una ciudad orillada por el desierto, y por el deseo de fundar algo dentro de ese espacio, siempre asediado por la naturaleza (¿los otros? ¿los musulmanes?).

Noa es profesora de literatura en una institución educativa y Teo es un ex funcionario israelí, fundador de esa joven nación y aventurero en Latinoamérica (incluso llega a aventurarse a la ciudad de la eterna primavera:
Trujillo). Un alumno de Noa aparentemente se suicida con una sobredosis de drogas y su padre, un traficante de armas en África, regresa y propone a Noa dirigir la fundación de una institución de lucha contra la adicción con el nombre de su hijo en dicha ciudad, con dinero que él aportará mensualmente. Ese es el hilo narrativo. Salpicado de anécdotas interesantes, me parece que la novela quiere significar una suerte de parábola sobre la fundación de un estado (o la construcción de algo más simple: la identidad de una ciudad, no por nada Teo es Planificador de ciudades) en el territorio inhóspito de
Oriente Medio. Y también claro está, detrás de esto, como una capa aún más escondida:
la incomunicación que se lleva a todos los personajes, los protagonistas, y que se hace evidente en el modo de narrar que asume Oz. La incomunicación del desierto y el desarraigo de una tierra que más parece pertenecerle a los beduinos y los camellos y que ni siquiera recibe los cuerpos de los muertos hebreos, pues la mayoría está enterrada en otros países y otras latitudes, como en algún momento denuncia Noa:
no entiende cómo es que ella tiene más edad que su propia ciudad. Hay una suerte de deseo de fundación en un territorio que en el fondo se sabe ajeno y un impulso por pertenecer y acabar con el
desarraigo.
Con todo eso,
Nunca digas noche nunca es lenta ni aburrida, por obvias razones lo que más me gustó de la novela, fueron las maravillosas descripciones del desierto, su ímpetu e indiferente poder que tantos recuerdos me trae.