LA PACIENCIA DEL CLÍMAX
Mientras voy terminando mi próxima novela, que me ha llevado varios años pensarla/escribirla/reescribirla/pensarla/reescribirla/otravezpensarla como me ocurrió en una posición diferente, con una poética bastante distinta, con
El viaje (film de treinta minutos), he venido reflexionando sobre la narratividad, lo narrativo y he ido convirtiéndome en un analista de las ficciones, del cine y las novelas, sobre todo novelas, que es lo que he leído desde que era un adolescente, digamos cuando uno empieza a leer de verdad. Esto lo ubico poco antes de entrar a la universidad, antes de la mayoría de edad. Mi primer amor fue
El sonido y la furia de
William Faulkner. Recuerdo que cuando leí en una separata de la Pre, que esta novela estaba narrada desde la perspectiva de un retardado mental, me enamoré a primera vista de esa insolencia contra la lógica y el orden, pero creo que ese amor no fue solo dirigido a las perspectivas que abría la novela, sino a una visión y un lenguaje que de diversas maneras he ido siguiendo (o buscando) después de ese primigenio flechazo. Claro que cuando leí por primera vez
El sonido y la furia solo entendí un 30% de la novela, pero no importaba, igual, más me seducía el placer del hallazgo que la inexperiencia.
¿A qué viene esta reflexión? Bueno supongo a justamente este nuevo modo en el que estoy empezando a pensar las ficciones. Quizá a un nivel más técnico. Me pongo el overall y con llave inglesa en mano, inicio el desmantelamiento y replanteo de las historias (las ficciones) que llegan a mí, a veces de un modo azaroso, a veces de un modo premeditado. Pienso ahora (visualmente) sobre todo en
El aura, película del argentino
Bielinski y
Eternal sunshine (mi película favorita). En ambas, los primeros minutos están al servicio de la ficción definitiva. La narratividad se hace lenta en estos inicios, aunque en cada una por razones diferentes. Por ejemplo: en
El Aura, a las características del protagonista se le suma un lento y parsimonioso itinerario de todos los pequeños elementos que van a ser puntales para el rápido entretejimiento de tramas en la última hora del film (el robo a un casino, ya de por sí una acción rápida y entretenida, típica para ser contada desde el cine). ¿Pero cuáles son estas características del protagonista? Pues su mal genio, su parquedad, la antipatía que puede despertar por ese ensimismamiento que no es nada simpático. En la película de
Kauffman, ocurre algo parecido, cuando la vi por primera vez me encantó sobre todo la fuerza de los colores, bien definidos, y esa breve descripción en off de la atmósfera sentimental de Joel, luego el diálogo entre él y Clementine (cuando recién se conocen), bueno son de 15 a 30 minutos iniciales de sacrificio. Estamos ante un tempo bastante anodino y además ciegos frente a una trama compleja que apuesta por un todo.
A ver, rememoremos: la descripción de la ciudad de Quauhnahac al inicio de
Bajo el volcán. Claro, si ustedes no supieran que esa novela la escribió
Malcom Lowry y que goza de una fama increíble gracias a las mismas razones por las que lo es
El sonido y la furia (está narrada desde la perspectiva de un alcohólico con alucinaciones), quizá no se dejarían embaucar y tirarían la novela junto a otras obras fallidas que no llegan a enganchar más que más aburrimiento. Pero si el lector está dispuesto a esperar y sobreponerse a ese sacrificio inicial, entonces quizá pueda ser recompensado con el néctar de la ficción.
En esta última frase hay una palabra mágica:
Sacrificio. ¿Pero para quién? Creo que para el objeto ficcional. Para las verdaderas intenciones que subyacen en él. Si esto lo llevamos al lector-espectador, deberíamos hablar de Paciencia. Algo que no encontramos a montones en nuestro siglo y nuestra época, mucho menos aquí en el Perú con las consabidas estadísticas sobre lectura. Esa hora inicial de
El Aura es un sacrificio que debe aliarse a la paciencia de aquel que ve. Esperar. Esperar pacientemente. Lo mismo ocurre con
Eternal… Lo mismo me sucedió con Faulkner. Me parece que existe una disposición a la paciencia y existe también la espera del placer que depara ordenar las tramas. Eso que Cortázar llamaba el lector hembra y el lector macho. Quien está dispuesto a esperar y construir, a especular, a socavar, entonces se le pueden abrir las puertas del placer. El paraíso de los pacientes. Bienaventurados los pacientes. Esto muy en el fondo tiene que ver con algo que subyace más allá de un simple juego (al fin y al cabo narrar es un juego). Tiene que ver con una cosmovisión, con una postura frente al mundo, frente a los hechos, frente a la realidad.
Casi todo tiene un inicio y un fin. La vida es una línea con un punto de partida y otro de llegada. Hay gente que habla de las etapas de su vida. Salió de tal trabajo, entonces acabó una etapa de su vida. Ser padre, otra etapa de tu vida. Te dejó tal amante, fin del amor. Alguna vez un académico explicando lo que había ocurrido en los 80 en el Perú pensaba en la sociedad y, por ende, su historia como un libro. Si la historia es un libro, entonces tiene capítulos. Pero a veces ordenar la historia sin seguir un orden cronológico es más revelador y más verdadero que hacerlo siguiendo una narratividad lineal lógica. La famosa elipsis histórica de Hegel es más que verdadera. A veces un acontecimiento del pasado revela de mejor modo el futuro. Si lo llevamos a nuestra historia personal, entonces tiene mucho más sentido. Quizá como un poeta decía:
Todo nos ha ocurrido ya a los 10 años. Y entonces el resto de nuestra vida es un simple y reiterado colofón que solo muestra una exangüe repetición de esos mismos actos. Un eternorretornólogo que reproduce siempre esos primeros 10 años, a lo
Bioy Casares. Pero este nivel de instrospección y análisis no se desarrolla en muchas personas, los lectores hembras. ¿Razones? Muchas. Las evidentes y las que son más oscuras. Individuales y sociales. Ellos son los lectores hembras de su propia historia. Aquellos impacientes, poco proclives al sacrificio y cuyas historias están llenas de actos vacíos, sin significado. Juegos artificiales alrededor de un acto espectacular, pero vacuo.
Mi vida es un acto vacío, entonces no reflexiono sobre lo que me sucede. Lo que está a mi alrededor. Mucho menos puedo encontrar el sentido en esas simulaciones de vida, que gente igualmente necesitada de él busca en las ficciones. La gente suele gustar de la emoción, la aventura, el espectáculo. Otros buscamos comunicarnos porque a un nivel primario quizá de algún modo fallamos. Entablar un diálogo que fuera el hacha para el mar helado que llevamos dentro
(Kafka). Los que buscan espectáculo están en todo su derecho. Pero como ocurre en la vida misma, no todo es clímax, tampoco en las ficciones.
La narratividad no puede ser todo el tiempo clímax. Antes pensaba que sí. Estaba más joven, con más ansias. Aquí sería bueno que
Marco Aurelio Denegri hablase de erecciones (en algún programa el sexólogo afirmaba que de púber la erección se mantenía y llegaba a bordear el ombligo. Con cada año la erección disminuía hasta hacerse simplemente horizontal y luego la caída definitiva). Cuando se es más joven, se puede estar todo el tiempo en estado de clímax. De ahí también esa frase sobre libros de poesía o novelísticas elementales: esa novela es un pajazo. La masturbación como estilo literario. Gran tema. Las casas de cartón de la narrativa peruana. Pero la vida te demuestra que no todos los episodios de tu existencia son climáticos. Que hasta la telenovela más elemental sigue un orden en el que la cachetada al infiel o la infiel responden a un paciente concatenamiento de eventos en pos del clímax.
Los episodios, los fragmentos de nuestra propia vida no son todo el tiempo climáticos, más bien responden a impulsos que a veces se repiten, se hacen grandiosos: somos felices, somos tristes, estamos llenos de furia y pasión, seríamos capaces de preñar el mundo entero, y después casi todo el tiempo andamos buscando llenar el vacío que nos dejan esos grandes momentos que en esos segundos, esos minutos, constituyen los ejes climáticos de nuestras propias ficciones, es decir nuestras propias vidas.
Seamos pacientes para ser climáticos.