REALIDAD VS. FICCIÓN
“A veces la realidad supera a la ficción”, es un refrán o dicho muy conocido. Recuerdo que alguien me leyó un artículo de
Mariátegui sobre el tema. Discutimos y, claro, yo obviamente iba por lo contrario. Para mí la ficción siempre superaría a la realidad cotidiana. Ahora ya no estoy tan seguro. Por ejemplo, las múltiples ficciones ya sea en novela o cuento que han intentado crear esa atmósfera que vivimos durante los 80 e inicios de los 90 o cuyos acontecimientos de sangre eran tema central. O que sin quererlo tocaban las orillas del problema. En ese caso, lo cruda que ha sido la violencia a lo largo de nuestra historia se volvía piedra angular y
el espejo de Stendhal era más diáfano que nunca. La denuncia y el filo ético que desde muy temprano envuelve nuestra narrativa o el documentalismo ficcional último, por ejemplo, son casi productos lógicos ante nuestra brutal realidad. Y no podía ser de otro modo. Aunque claro, excepciones hay.
Acabo de terminar
Muerte en el pentagonito de
Ricardo Uceda, y creo que dicho libro supera largamente a todas las demás ficciones que tratan de reproducir esa realidad, incluso creo que esas ficciones pierden fuerza frente a la realidad que el texto documenta.
En ese caso, la ficción tratada así es largamente superada por la realidad que describe Uceda. Me animo a decir que al ser deudora de recursos novelísticos, el libro de Uceda se encarna en su personaje principal
Jesús Sosa como una especie de
Bildungsroman del crimen, puesto que este operador del
SIE es presentado desde su mundo interior y las cosas que le ocurren a veces están filtradas desde su percepción del mundo. Lo mismo ocurre con los senderistas.
En ambos casos la jerarquías son aplastantes, las ideologías omnipotentes. Y todo lo que ocurrió además de ser leído como un gran Bildungsroman del crimen, el asesinato y la tortura, es una gran novela gótica, por ratos mística y religiosa. Leyendo este libro además recordé claramente las propuestas de
Víctor Vich en su libro
El caníbal es el otro. Además de hacerse obvio el asunto de los discursos políticos de los bandos senderista y paramilitar, Vich proponía la lectura social de la realidad, como si la circunstancia social y el modo en que la sociedad se pensaba se hubiera quebrado durante esos años de barbarie, generando colisión. El gran texto que es la sociedad peruana se había desmembrado, así como los discursos que explicaban identidades y conflictos.
Otra cosa. No me queda claro por qué en
Muerte… los grandes responsables políticos quedan ambiguamente libres de polvo y paja. Los grupos paramilitares del gobierno aprista solo eran manejados por
Agustín Mantilla y punto, a pesar de que actuaban en el local del partido desde el cual
Alan García planeó su campaña del 85. En fin… También es sospechoso el modo en que se evade el tema de
El Frontón hasta hacerlo casi un hecho fantasma si se le relaciona con la simultánea matanza en el penal de Lurigancho. O las responsabilidades del
Grupo Colina en la Cantuta como un desmadre casi gratuito de
Martín Rivas, un exabrupto que nuestro héroe Sosa, repudia pero no puede impedir. Muy lejos e invisibles quedan
Montesinos y Fujimori. Mención aparte el tema de los montoneros argentinos. Terrible episodio, ante el cual la gente del SIE parece un grupo de entusiastas. Un kindergarden del crimen.
Casi lo olvidaba, en un capítulo sobre violaciones sexuales a camaradas en Ayacucho se evidencia la matriz de la novela de
Alonso Cueto, La hora azul. También recordé algunos testimonios de
Miguel Gutiérrez en su libro
Celebración de la novela sobre las propias heridas que había sufrido y que como ocurre con los testimonios de senderista y paramilitares o víctimas en general, explican sus pensamientos y acciones. Gutiérrez recordaba las circunstancias en las que escribió esa maravillosa ficción que es
La violencia del tiempo, como sucede con La hora azul, en la novela de Gutiérrez también es la violación de una india lo que funda una estirpe, signada por eso que
Elmore llamaba humillación o herida psíquica. Indudablemente para mí la novela del escritor piurano es bastante mejor que la de Cueto, por tener mucho más carga metafórica y más niveles de interpretación que la de Cueto. Fuera de varias historias entretenidas y claramente significativas.
Un excelente registro de esta etapa de nuestra historia es además la música, hace muy poco me jugaron los 3 primeros álbumes de
Miki González y se respira en algunas canciones esa atmósfera enrarecida de la que estoy hablando, claro que con una clara dotación popera, pero de buen calibre, lo mismo, pero con un toque más de fines de los noventas en pleno fujimorato,
La Sarita en
Más poder, destroza con una canción que en esa vena realista denuncia los injustos juicios de ese periodo en
Simeón (VIDEO: http://www.youtube.com/watch?v=O_dgYHuh9RY). En una onda que combina la chicha y el rock, más una protesta viril y agresiva. Y claro también en una vena más lírica
Leuzemia destruye el bobo con
El asesino de la ilusión (VIDEO: http://www.youtube.com/watch?v=UB27QLCYGS0). En una entrevista con Yurek Aguirre, el líder de la banda le reveló que Fujimori era el verdadero asesino de la ilusión. Y quizá uno de verdad.