El gran Dios río de la sangre
Conocerse es una actividad que muy pocos logran alcanzar. Puede resultar contraproducente, incluso puede resultar devastador en casos más dramáticos. Conocer a los demás aparentemente es una actividad más accesible, y quizá sea una forma de autoconocimiento, en el fondo. Es más segura y no implica un drama tan esencial como cuando lo que está en juego es el propio mundo interior. Dentro de esa lógica, los que están más cerca de nosotros son los más fáciles de conocer: la familia, teóricamente. ¿Pero en verdad los llegamos a conocer? En ese caso lo que está realmente en juego, me parece,
sí es el propio conocimiento. Y si quien intenta el conocimiento es el hijo de otro hombre, entonces la búsqueda del padre es mucho más dramática de lo que se cree. Se torna esencial. A mí, en lo personal, siempre me han fascinado las temáticas padre / hijo. Y creo que al fin en mi próxima ficción será uno de los temas esenciales. Cosas de los años. Hace mucho
tiempo escribí un cuento que se llamaba
Tokio y que iba por ese lado. Pero he elegido mal el verbo, no se trata de buscar sino de comprender al padre. Y esa comprensión es lo esencial porque en ese conocimiento reposa el propio conocimiento. Así iría la cosa.
Te conozco, al fin me puedo conocer. En un agregado mío a esta novela de la que estoy hablando, yo digo:
La idea de su hijo le producía un vértigo que ni él mismo podía explicarse del todo, sabía que necesariamente ese hijo sería una repetición, pero al mismo tiempo una variante que desconocía, una variación que compartía una raiz común cuyo destino era casi idéntico. Y no sabía cómo exactamente podía leer el itinerario renovado de esa vida que él ya había vivido, pues le parecía que el legado familiar era un camino reiterado con pequeñas y casi imperceptibles variantes. Era obvio que las cosas empeorarían. Y en lugar de una variación que simplificara y ayudara a su hijo a sobrellevar sus propios errores y debilidades, su hijo ahora transitaría ese mismo camino, solo que sería una selva mucho más insensible y salvaje, llena de personajes ocultos, situaciones esotéricas y cifras que ni él ni nadie podría descifrar. Prefería ahorrarle ese dolor a su hijo. Y sólo dependía de él. No sería cómplice, alguien se lo debía agradecer.
Sobre el tema, la ficción que más me gustó fue la entrañable
Big Fish de
Tim Burton, porque además la materia que se pone en juego es la supuesta mitomanía del padre que el hijo trata de desentrañar para descubrir la verdadera historia de su padre. En este caso no se trata de la ausencia del padre sino simplemente de malos entendidos que han ido alejando al padre del hijo y al hijo del padre. Y que en los últimos días del padre, el hijo intenta cercenar (esa distancia) para de una vez por todas conocer al verdadero hombre que es su padre, no el de las mentiras (gran metáfora de esta búsqueda). Estas mentiras son alucinantes y Tim Burton las sabe poner en imágenes. ¿Cuál es la variante del hijo? La lógica sería:
si mi padre es un mentiroso, entonces ¿quién debo ser yo? ¿Quién soy yo? Pues me hago escritor. Aunque "hacerse" suene como una decisión. Todos sabemos que casi nadie "se hace" algo, sino que muchas veces todo viene impuesto, justamente de esa manera oscura que como siempre digo parece ordenar las cosas y que como afirmaba Sábato da la ilusión de que uno es quien toma las decisiones, cuando es precisamente al revés.
Yo quedé fascinado con la historia, digamos con el complemento entre los flashbacks del pasado alucinado del padre y el presente un poco hostil entre el hijo ( a punto él de convertirse también en padre, su mujer está embarazada) y su padre a punto de morir. No me voy a poner a contar la película como se suele hacer. Tampoco voy a esconder el final porque la
pela es del 2003 y ya todos la deben de haber visto. El final es hermoso y creo que algunas lágrimas cayeron por ahí. Como se esperaba desde el inicio de la película, el padre sufre un ataque y es llevado al hospital. El hijo ha seguido los rastros de su padre y quitando sus alucinadas para descubrir que le ha dicho la verdad en casi todo, que lo único que ha hecho es
relatarle con alguna vanidad algún adorno que lo que trata es hermosear una vida que a veces es monótona, un tanto opaca, sin ese brillo que el agregado de la imaginación le otorga. El hijo finalmente comprende a su padre. Entonces a punto de morir, el padre le pide que esta vez sea él quien le cuente su final, su propia muerte. Ahora el hijo es el fabulador de su padre, ahora él tiene la palabra que le devolverá su final y cogiendo su mano empieza relatarle, tembloroso, pero después con más confianza, esa muerte hermosa que desea para su padre. ¡Bellísimo! Entonces en su alocada huída que el hijo le está relatando, juntos por el hospital, empiezan a aparecer todos esos personajes alucinantes que su padre le ha referido durante toda su vida, pero ahora son tangibles y ambos están emocionados, sonriendo satisfechos con algo que es falso, pero es mucho mejor que la vida verdadera. Y entonces el hijo le dice que ambos huyen por el hospital, que huyen por la autopista, que se internan en el bosque, que esos personajes que él había adornado con espectacularidad los están ayudando, a él, a
su hijo que ahora lo está cargando, el hijo a su padre, como antes su padre hizo con él, cuando el muchachito era él, llevándolo hasta el gran río para dejarlo ir. Se abrazan y le da un beso como despedida y todos están allí para verlo y todos los personajes amigos de su padre, dicen adiós y el padre se zambulle finalmente en el gran río (el gran dios río de la sangre
que
Rilke cantaba) y convertido en un gran pez remonta el río, que es la muerte.
Cuando termina de relatarle su final, ahora el hijo ya convertido en padre y fabulador, llora sobre su padre muerto.
¡Maravilloso!