LAS PELICULAS DE MI VIDALos terremotos como tema literario. ¿A quién se le puede ocurrir algo asi? En una entrevista a Alberto Fuguet sobre su novela
Las películas de mi vida (2003), el escritor chileno nos refresca con algunos datos biográficos acerca de su vida en California, donde nació. Y aclara algo que ya había pensado hace mucho tiempo, eso de escoger temas originales para las ficciones. Los terremotos son un tema original. Ese afán de encontrar un lugar nada o poco transitado por la literatura. Claro que Fuguet no descubre nada nuevo, pero siempre es aleccionador leer una reflexión así y después enfrentarse con algo “diferente” al nivel virtual de las ficciones. Quizá sea la novela más personal del escritor chileno a quien siempre le guardé cierto resquemor por su cercanía con un tipo de literatura que en los 90 se conoció como light. Ya no sé a cuántas novelas actualmente se les llama así. ¿Todavía se hacen novelas light? Ya no escucho que a ninguna se le chante ese adjetivo anglosajón. Más bien ahora se hacen (por aquí) novelas muy pesadas y disforzadas, academicistas, sin ningún punche interior... en fin... calma, hígado mío. Reitero, el mayor acierto de esta novela es justamente esa apuesta personal, medio autobiográfica, claro que eso no es nada del otro mundo, pero aunque parezca mentira ser personal y contar una buena historia que pueda ser apreciada por todos es muy difícil, sino que lo digan los literatos de estas latitudes.
La vida está llena de terremotos. Los de verdad, cuando la tierra se mueve y los otros, quizá más importantes que los primeros, los interiores. Esa es la principal temática de los primeros capítulos de esta buena novela. La mitad del libro hasta que la familia chilena inmigrante del narrador Beltrán regresa a Santiago después de que Pinochet conquista el poder. Nuevamente Fuguet acierta con su originalidad. Muy pocas veces o nunca se había hablado del retorno a Chile durante la dictadura, más bien se habla del exilio, de la huída (¿sí o no Bolaño?). Fuguet lo dice claramente: fue premeditado hacerlo. La misma idea de la novela escindida en capítulos que se concatenan débilmente con esa películas de los 70/80 en su mayoría vistas en su infancia y adolescencia por el narrador es tentadora. Pero, precisamente, cuando uno se mete en la trama se da cuenta de que eso es simplemente una excusa. La novela inicia con una reflexión y el viaje interrumpido de Beltrán Soler, un sismólogo, hasta Tokio. Sus recuerdos sobre los grandes terremotos en Chile y el mundo. El paralelo entre terremotos ext. e int. está cargado de buenas metáforas. Esos primeros capítulos son digamos una explicación de la novela y sus motivaciones, mientras que luego (a modo de guión, este narrador entabla un diálogo con su hermana en Chile, mientras él está en Los Ángeles escribiendo lo que será esta novela), en ese diálogo se adivinan los primeros conflictos familiares. En otro diálogo importante para la trama una mujer desconocida activa una vorágine de recuerdos que irán siempre aunados a sus respectivas películas. Nos enteramos de los dilemas de la familia Soler Niemeyer y de toda su parentela. La larga huida de los abuelos Soler a California cuando pierden su dinero, cuando el patriarca era ya un hombre entrado en años amargado por su fracaso. El otro abuelo, Niemeyer, un eminente sismólogo a quien Beltrán, nuestro narrador, le debe su profesión y su pasión. Quizá por el hecho de estar ambientada en California y descubrir un mundo no tan visitado por la literatura latinoamericana, esta primera parte es cautivante. La mirada del niño filtrada por la ironía del adulto es otro acierto. Además los conflictos a los que hace referencia
Las películas de mi vida en estas familias de inmigrantes chilenos se le pude fácilmente adjudicar a cualquier familia latinoamericana. Ese mundo de baby sisters, de molls, LAX, los autocines drive-in, los Grand Prix, this-is-the-real-me, the Californian-dreamin look, se cuela entre las cintas de cine tipo Born Free,The jungle book, Doctor Dolittle, Dumbo, Bullit, Oliver!, etc.
La más extraña casualidad: ¿por qué un escritor chileno habla sobre inmigrantes?, si precisamente el país del Mapocho es un casi improductivo procreador de inmigrantes. Tarea para la casita.

En la segunda parte en Chile, la pubertad y adolescencia de Beltrán no son tan llamativas ni originales, esa adolescencia no tiene mucho que diferenciar a por ejemplo los adolescentes de las novelas de Vargas Llosa en su aprendizaje sexual y social. Supongo que también es por esa admiración de Fuguet hacia el narrador arequipeño. Otra cosa que resalta es el conservadurismo a ultranza de algunos chilenos y en general de la sociedad chilena que Fuguet descubre. Esa búsqueda de inmovilidad social, de derecha brutal, de neoliberalismo aplicado con látigo. Las típicas historias de los granujientes fans de los vicios de Onán, las primeras enamoradas y los conflictos familiares tienen el marco social perfecto. Cuando leía no podía de relacionar esta novela con la película de Andrés Wood,
Machuca (2003), otro buen fresco de esa época, que también explora en las diferencias sociales y el descubrimiento sexual. Qué raro que apareciera un año después del libro y tengan tantas aristas de contacto. Es posible que por la afición de Fuguet al cine (
Se arrienda es su primera pela) se enterara de la producción de la cinta y quizá leyera mucho antes el guión. Especulaciones, vamos cualquiera tiene derecho a especular. A la familia Soler le ocurren muchas cosas en su estancia chilena: separación definitiva entre los padres, el idilio de su madre con un hombre casado, las primeras experiencias sexuales de la hermana de Beltrán y las suyas propias.

El telón de fondo yo creo que deberían ser las canciones de
Los Bunkers de Concepción. Eso es algo que siempre me ocurre al leer. Es decir hacerlo mientras voy escuchando algo. Leer con música siempre deja esas canciones sedimentadas de esos recuerdos ficcionales y mientras uno los va escuchando a veces suelen coincidir por letra o composición con lo narrado. Buena por Fuguet.